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"Todo empezó
como un juego y
terminó con
el bombardeo de
La Moneda".
Este es el resumen
poético que
Isabel Parra hace
de su camino en
la canción
popular; muchas
veces junto a su
madre, Violeta,
a su hermano, Ángel,
y a los ya universales
Víctor Jara
o Silvio Rodríguez.
Ese juego inicial
consistía
en vestirse de flamenca
con un vestido cortado
y cocido por su
madre, y en cantar
y bailar juntas
antiguas canciones
españolas
(la desconocida
fascinación
de Violeta). "En
Buenos Aires encontré
unos discos que
son de esa época",
cuenta.
Entonces era una
niña de no
más de 6
años de edad.
Y después
vino todo lo demás:
todo lo que implicaba
ser hija de una
mujer con una voluntad
indomable, que desaparecía
por semanas para
grabar a las cantoras
campesinas, para
luego regresar a
casa con cuecas
y tonadas de las
que nadie podía
escapar. Que un
buen día,
con sus hijos ya
adolescentes, se
largó a Europa.
Después vino
el emprender un
camino propio de
creación
e interpretación,
el éxito
de su voz dulce
en tiempos de la
Unidad Popular,
el suicidio de Violeta,
su propio exilio,
la nostalgia, el
inevitable y no
fácil regreso,
y la lucha por preservar
y proyectar el legado
de su madre.
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