"Monolo" en Ñuñoa. Fotografía de Juan Francisco Somalo (detalle).

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Noviembre 2007
El "Monolo"

 

Por Eduardo Castillo

Dentro del espacio público comunal encontramos un referente de importancia en el monolito de cemento, figura omnipresente en un sinnúmero de conjuntos habitacionales, poblaciones, bloks y otras modalidades de vivienda social. El "monolo", emblema del monumento fallido, se ha transformado en el lugar perfecto para sentarse a "hacer nada", a dominar el barrio, contemplando, desde una inmejorable ubicación, a "quien entra y quien sale". Tratándose de una construcción cuya vejez puede ser bien llevada, el mito de un acto inaugural del que rara vez existe algún registro fotográfico que lo haya visto solemne, llevando el asta y la bandera que alguna vez llevó, dio paso a días interminables de sol y tierra, lluvia, atardeceres con olor a cigarro y colonia del bazar. A falta del pabellón patrio, sobre la superficie del monolito toman posesión de manera constante los hinchas, grafiteros, ociosos y algunos enamorados. Aquella certeza de cemento, colores y trazos es el registro de visitas de este incalculado diseño que ha brindado largos y nobles servicios en el entorno capitalino. El "monolo", apropiado por la sociabilidad vecinal, y principalmente por la juventud, nos recuerda desde la esquina que el problema no es el ocio ni la disponibilidad de tiempo libre -cosa que aproblema a tantos hoy en día-, sino el disfrutar realmente (de) estos espacios.

Abordando la dimensión simbólica de los hitos que nos ocupan aquí, su arraigo sectorial y la capacidad para definir momentos de la ciudad, cómo no recordar la histórica fotografía del grupo Los Prisioneros -tomada a mediados de los ochenta- con la imagen de los músicos mirando al horizonte (1), y de fondo las torres eléctricas del Paradero 1 de la Gran Avenida, lugar que, tras el ocaso de la línea férrea que antes le dio vida, se transformó por muchos años en la real frontera con la ciudad de Santiago para muchos sanmiguelinos (2). Zona dura, hogar del abandono, lugar de asaltos y de extravío, de pastizales amarillentos con varios metros de altura, donde las torres evocaban su carga política, los apagones y los dinamitados. El trío de la comuna de San Miguel supo reflejar lo cotidiano de muchos, y tal vez nos quedaron debiendo su fotografía en blanco y negro sentados en un monolito.

(1) El gesto de los retratados evocaba el tipo de composición que caracterizó a varias imágenes provenientes de la Nueva Canción Chilena, como las fotografías de Quilapayún y de Inti Illimani realizadas por Antonio Larrea en la transición de los setenta. Mayores antecedentes en: Larrea, Antonio y Jorge Montealegre, Rastros de un canto, Ediciones Nunatak, Santiago, 2000.

(2) Si el sector de la "línea" tuvo ese carácter fronterizo, entre ésta y calle Franklin podía ( y puede todavía) hallarse un lugar de transición. Allí estaban picadas como "El Chancho Monono" y "El Miguelito", establecimientos industriales (Maderas Magosa) y el Cine Prat, mucho antes de la expansión forzada del Persa Bío-Bío y las plazas techadas, en la primera mitad de los noventa.

Texto publicado en el libro "Santiago Gráfico".
Derechos de publicación cedidos por Midia Comunicaciones.

 
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