Catalina de Erauso.
 
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Dos catitas y una Inés:

Mujeres míticas y heroicas (continuación)
 

Del convento al cuartel

En la vida de Catalina de Erauso los vacíos de la crónica se han cubierto con rellenos legendarios. Nació hacia 1580 en San Sebastián, en una familia de rancios abolengos vizcaínos. A los cuatro años fue recluida en el convento de las dominicas, del que se fugó a los diecinueve porque soñaba con ser soldado. Vestida de hombre, logró embarcarse en una flota que viajaba a América, y participó en la reconquista de Cumaná, ocupada por los holandeses. Usó muchos nombres. El más común fue Alonso Díaz Ramírez de Guzmán y Erauso.

Se encontraba en Lima cuando llegaron a esa ciudad noticias de la gran sublevación mapuche de 1598, que había arrasado con varias ciudades en el sur de Chile. Catalina se alistó entonces para ir a pelear a la Frontera. Su afición por el juego, unida a su carácter pendenciero, la llevaron a protagonizar una serie de incidentes, y a dejar a su paso un reguero de muertos. En castigo fue enviada a los fuertes más peligrosos como Paicaví, y luego a Purén, donde había estallado una nueva rebelión indígena. Aquí realizó un acto heroico y terminó malherida. Por esta acción fue ascendida al grado de alférez.

La sorpresa de un duelo

En 1614, cuando servía en la guarnición penquista, se le acercó Juan Silva, también alférez, quien venía llegando del Perú. Había sido retado a duelo por Francisco de Rojas y necesitaba a un padrino. El duelo fue en la playa de Lirquén, a las 11 de una noche nubosa y oscura. Rojas empezó a usar golpes prohibidos, con uno de los cuales alcanzó a su rival. Para impedir estas malas artes, el alférez Catalina desenvainó su espada. El padrino de Rojas sacó también la suya, y fue así como los cuatro se trenzaron en una horrible reyerta. Los dos duelistas cayeron muertos y siguieron peleando los padrinos. Catalina alcanzó a su contrincante con una estocada en el corazón. Mientras descansaba apareció la luna entre los nubarrones, y al mirar el rostro del hombre al que había muerto, reconoció a su hermano Miguel.

Huyó de Concepción, hacia el norte. Atravesó el desierto de Atacama, pasando luego a Tucumán y Potosí. En esa riquísima ciudad minera, ayudó a sofocar una rebelión, luego se fue a Lima y en el Callao embarcó en la flota armada por Rodrigo de Mendoza, para ir a combatir a los holandeses que incursionaban por las costas chilenas. Luego de un desastroso encuentro con éstos, volvió a la ciudad de los reyes. Vagó por el Perú, frecuentando garitos y tabernas, y enredándose en reyertas que pusieron a la Justicia tras sus pasos. En Huamanga se asiló en la casa obispal, y finalmente le reveló al obispo Agustín de Carvajal su verdadera identidad.

 
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