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Inmigrantes

Forjadores de industrias
 

Por Miguel Laborde

Seis son los países donde los inmigrantes han sido tantos, en los últimos 150 años, que les ha costado definir su identidad: Australia, Nueva Zelandia, Sudáfrica, Argentina, Uruguay y Chile. La mezcla de sangres se demora en sintonizar con la tierra que los acoge.

Ahí entra la cultura, para lograr la fusión. Es muy interesante lo que informa Nicolás Vega en 1895, el chileno encargado de la Agencia de Colonización en Europa. Escribió que muchos países americanos querían atraer grandes inversionistas, cuando es en la pequeña industria "donde nace con mayor abundancia el ciudadano laborioso y relativamente instruido", ése que forja "las grandes y sólidas democracias". En relación a los artistas se queja del desinterés cuando "el arte lo toca todo" y debe embellecer "cuanto el hombre piensa y ejecuta", incluso las piezas de las maquinarias. Comenta que Estados Unidos tuvo problemas por no preocuparse de atraer artistas que cultiven "este precioso elemento de la civilización".

Tenía razón. Los poetas, por ejemplo, no sólo modifican ciudades, como Liborio Brieba que promovió los funiculares de Valparaíso. También "fundan" países, como Walt Whitman en Estados Unidos, e incluso continentes. Éste es el caso del monumental Rubén Darío, a quien Neruda llamó "El Padre de América".

Cuando todos miraban Europa con ojos lánguidos y dientes largos, como el modelo inalcanzable, un español dijo que "América había llegado tarde al banquete de la civilización", el poeta inventó la América abierta a todas las razas, todas las religiones, todos los hombres libres o perseguidos. El continente de todos, el laboratorio social de la humanidad, donde todos convivirían.

Así sucedió en Chile, que recibió árabes y judíos, alemanes e ingleses, vascos y castellanos. En 1883, cuando nace la Agencia General de Colonización e Inmigración, el país ya tenía sus dos millonarios industriales, el alemán Karl Anwandter, con su fábrica de cerveza en Valdivia y el judío Julio Bernstein con la gran Refinería de Azúcar de Viña del Mar, de 500 obreros.

Extranjeros fundan la Refinería de Azúcar de Penco, que años después fue CRAV, también la Fabrica de Paños Bellavista Tomé, en 1887 la Fábrica Nacional de Loza de Penco, Fanaloza. En 1889 se contabilizaban 2.600 suizos, 1.600 franceses, 1.100 alemanes, 340 españoles, 75 rusos, 54 belgas, 50 italianos y algunos norteamericanos. Más o menos corresponden a las zonas de acción de las subagencias de colonización en Europa, ubicadas en Basilea (Suiza), Bordeaux (Francia), Londres (Inglaterra), Dundee (Escocia), Dublín (Irlanda), Génova (Italia), Madrid (España) y Odesa (Rusia).

El caso del francés Antoine Aninat es característico de una mentalidad empresarial: fábrica de géneros en Santiago, comercio de lanas y cereales en Concepción, gran empresa de viticultura y crianza de ganado vacuno. En 1899 su hijo Georges posee 500.000 cepas cerca de Angol. Un inmigrante ejemplar es Angel Bernascons, un suizo que llega en 1887 y se dedica a la fabricación industrial de casas prefabricadas; será en 1906 uno de los socios fundadores de Cementos Melón, la primera del rubro de América Latina.

     
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