Rescate
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Febrero 2008
Darwin Rodríguez, autor del libro sobre Tomé "Apuntes para una historia"
"Lo que caracteriza a la identidad cultural tomecina es su apertura mental para incorporar nuevas realidades" (continuación)

 

Pero el caso es muy distinto. Basta pasear por las poblaciones de Tomé, tanto las construidas por las antiguas industrias textiles para sus obreros y empleados, como las otras, para constatar la limpieza, el cuidado y la dignidad que reflejan los hogares, a diferencia del penoso panorama que exhiben actualmente los enclaves carboníferos. Realidad que responde a diversos factores históricos, entre los que la industria textil juega un rol fundamental. Orgullo y dignidad que se anclan en la cultura industrial de la primera mitad del siglo XX, en donde florecen los clubes sociales, culturales y deportivos en torno a las fábricas textiles y los trabajadores y sus esposas reciben anualmente, dos cortes del mejor paño para confeccionar sus trajes, reconociéndose por su impecable presentación, que formaba parte de la imagen de calidad proyectada por los empresarios.


Pionera industrial

Con 38 mil habitantes, localizada a 34 kilómetros de Concepción, Tomé es al mismo tiempo, puerto, balneario y antiguo centro industrial, lo que le otorga un sello urbano muy particular. Emplazada en una difícil topografía, similar a la de Lota, la población de la que fue en sus inicios caleta de pescadores y misión jesuita, se distribuye entre los cerros y una angosta planicie costera.

La consolidación urbana de Tomé tiene su origen en la primera mitad del siglo XIX, con la fiebre del oro en California y la consecuente demanda de alimentos para la creciente población, que transformó a esta localidad y sus tierras aledañas en un importante productor y exportador de trigo y harina, gracias a su estratégica ubicación para el transporte marítimo a través del Océano Pacífico y la disponibilidad tanto de terrenos cultivables como de capacidad económica y empresarial de las familias más poderosas, como los Sanders o los Cousiño, que amasaron grandes fortunas en este período. Hasta el puerto de Tomé y sus molinos llegaban diariamente, en carretas tiradas por bueyes desde el interior, los sacos de trigo para ser embarcados a Estados Unidos.

"Todos los días 65 carretas venían y volvían, eran 260 cabezas de ganado, que se utilizaban sólo para transportar el trigo. También traían caballos para custodiarlos de los asaltos, y fruta y vino para el consumo de los barcos y carbón de piedra para sus calderas", cuenta el escritor Darwin Rodríguez, profesor del liceo local, escritor, poeta, dirigente político y universitario, además de empresario gastronómico. Durante 10 años regentó en la Plaza de Armas, el restaurante "La Peña", verdadero centro cultural en los 90. Rodríguez investigó y publicó en un libro la historia de la ciudad, su industria textil y su desarrollo sindical.

 
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