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Agosto 2006
Súpercifuentes
El antihéroe de la clase media chilena (continuación)

 

- ¿Cómo nace Súpercifuentes?

- Fue una cuestión bastante espontánea. El equipo de La Bicicleta comenzó con la revista y me llamaron para colaborar. Yo estaba en la Revista Hoy. Ahí se me ocurrió Súpercifuentes, hecho a la medida para la revista. Era una paginita con cierto sesgo crítico, pero nada trascendental, un divertimento. Se me ocurrió este infrahéroe, un héroe derrotado, que encarnaba lo que pasaba en ese momento en la sociedad chilena: la cesantía generalizada, una pobreza que no se había visto nunca en este país, el Programa de Empleo Mínimo que era una limosna para que las familias no se murieran de hambre. Era un cesante que vendía Súper 8 en la calle, o cualquier cosa de Taiwán. Un Superman sin trabajo que, aprovechando su tiempo libre, siempre está luchando por la justicia. Escucha cualquier cosa en la radio o en la tele y la entiende mal y se arma una película de que puede resolver el problema. Es un torpe con buenas intenciones. En cada una de las historietas termina preso por razones para él incomprensibles. Eso tiene que ver con lo que ocurría en ese tiempo, en que mucha gente estaba presa, muerta o desaparecida sin que se supiera por qué. Recién hay una reactivación de un proceso por el asesinato de dos muchachitos que estaban en una protesta y que nunca supieron por qué los mataron. En ese tiempo quemaron a la Carmen Gloria Quintana. Pasaban cosas horrorosas como si no pasara nada, cada día pasaban cosas terribles, y los medios oficiales daban cualquier explicación, que eran extremistas o qué se yo. En este escenario surrealista se mueve Súpercifuentes.

- Antes tú también creaste a otros antihéroes criollos…

- Muchos años antes, cuando éramos los ingleses de América, en los 60, cuando nadie sospechaba que iba a haber un golpe de Estado o una dictadura en nuestro país, ya que esas eran cosas que pasaban en Centroamérica y no aquí, yo hacía una sátira de Tarzán, que se llamaba Farzán, en la revista El Pingüino. Era un tarzán ridículo. Ese lo copiaron los gringos, en unos monos animados.

- Tú eres una persona clave en la cultura chilena, que ha marcado a más de una generación con su humor y sus dibujos en la prensa escrita, sin embargo no consideras esto como tu trabajo…


- No ha sido jamás un trabajo, es una entretención. Yo empecé a los 13 años a publicar en forma sistemática. Fui diseñador gráfico como a los 17 años, autodidacta. Con eso me gané la vida mucho tiempo. Hice la Revista del Domingo desde el número 0, la revista Ya también. Estudié arquitectura porque para mí eso era lo fundamental. Pero no me dediqué hasta después. Vino todo el vendaval del gobierno de Allende y me metí a la editorial Quimantú, donde fui director de arte. Después del 11 de septiembre obviamente quedé cesante y tras varios meses de profunda angustia, me dediqué a titularme. El año '75 me titulé de arquitecto y hasta el '82 tuve bastante trabajo. Ahí vino la recesión y yo tenía una empresa constructora con la que me iba muy bien. Se fue todo a la punta del cerro. Ahí volví a ser empleadito de la sección diseño de El Mercurio y a sobrevivir. Después de todo, al menos no tuve que escapar del país. Después del '87 retomé la pega de arquitecto hasta el día de hoy. Trabajo en arquitectura y construcción.

 
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