Isabel Cruz

 


San Francisco niño reparte pan a los pobres. Serie de la Vida de San Francisco. Juan Zapaba Inga (atribuido), c. 1760-1680.

 


El capítulo de las esteras.
Serie de La Vida de San Francisco. Taller de Basilio de Santa Cruz, c. 1670-1680.

 
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Diciembre 2008
Isabel Cruz, historiadora
“Comer es mucho más que alimentarse” (continuación)


Vida y obra

“Todas mis investigaciones surgen de mi vivencia. Desde mi experiencia yo me motivo a estudiar y a escribir”, dice Isabel. Si quiso escribir sobre la muerte, fue tras el fallecimiento de un familiar cercano, si escribió una historia del vestuario, fue porque siempre le atrajo la moda. Y a la comida llegó por razones igualmente personales: “Soy heredera de una tradición de dulcería en mi familia, y siempre me ha entretenido la cocina. Viviendo en España me di cuenta de las similitudes y diferencias, y me interesó estudiar los orígenes de nuestra comida, desde las raíces más remotas posibles”.

En paralelo desarrolla otros proyectos, como la reciente publicación de un libro en dos tomos sobre la escultora Rebeca Matte, que tardó doce años en terminar y con cuya figura empatizó de modo personal, y su destacada participación en el proyecto Chile: 4 momentos, que realizan en alianza la Universidad de Los Andes, Enersis y el diario El Mercurio y que pretende reflejar, en cuatro radiografías, el país en 1710, en 1810, en 1910 y en el 2010 que se avecina con la celebración del Bicentenario de la República.


Masticar la historia

A través de un proyecto FONDECYT, la historiadora realizó una investigación interdisciplinaria sobre la cocina colonial con la participación de dos especialistas en gastronomía. “Probamos las recetas coloniales y las encontramos incomibles, por la cantidad de grasa y la cantidad de condimento necesarios para conservar los alimentos en una época sin refrigeración. Se comía pescado y marisco seco, he encontrado mucho en los inventarios, incluso langosta de Juan Fernández, por el tema de conservación. El pescado llegaba desde Valparaíso, se demoraba dos días, ya venía descomponiéndose, por lo que lo más adecuado era salarlo. Igual que la carne. Eran famosos los jamones cocidos de Chiloé, que se exportaban al Perú”.

Otros productos de exportación, sin requerimientos de frío, eran las mermeladas y los frutos secos como almendras, pasas y huesillos. Gran importancia tenían también los licores de fabricación casera: mistelas, guindados, horchatas y preparados con miel, que no llegaron a producirse industrialmente, por lo que fueron desapareciendo con el tiempo. “Hoy habría que rescatar todo eso –opina Cruz– a partir de lo que todavía sobrevive. Es interesante, por ejemplo, el trabajo que ha hecho Cecilia Letelier en La Serena”.

El auge de la exportación del trigo en el siglo XVIII así como la producción, importación y exportación de otros productos agrícolas chilenos fueron también temas abordados en la investigación: “Chile fue clima apto para cultivar muchos productos, algunos locales y otros importados, de los cuales abastecía al Virreinato del Perú, incluso hasta Quito. También importábamos en el siglo XVII y XVIII, por ejemplo, mate de Paraguay y ají de Perú”.
 
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