Rosita Alarcón, cantora.
 
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Rosa Alarcón, cantora popular:
Rosita y su guitarra
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Las veladas de la escuela, los velorios de angelitos, las fiestas de los santos, de la trilla y la cosecha fueron caldo de cultivo para el amor por el canto de esta mujer venida del campo que, recién a los cincuenta años, en la zona sur-poniente de Santiago, se atrevió a dar rienda suelta a su voz y a su guitarra.

Por Rosario Mena

Oriunda de Las Hortensias, comuna de Cunco, provincia de Cautín, Rosita Alarcón llegó a Santiago en el año '60, a trabajar como empleada doméstica. Pocos años más tarde se casó y se dedicó a dueña de casa. El aseo, la comida y la atención al marido y a los cuatro hijos, no lograron, sin embargo, adormecer una pasión genuina y sostenida: el gusto por el canto tradicional campesino, que Rosita había cultivado desde niña. "Con mis hermanas nos juntábamos a cantar. Yo también cantaba en las veladas de la escuela, pero no tocaba guitarra. En las fiestas de campo miraba y escuchaba no más. Lo que más me gusta son los parabienes, que se hacen para un matrimonio o un cumpleaños y los esquinazos que se cantan a los santos. Se puede cantar un esquinazo a la Virgen, si va pasando. Usted se para adelante y le canta".

Ya instalada en la capital, el programa de televisión "Tierra Adentro" y las canciones mexicanas que tocaban en la radio, y que Rosita seguía cantando a capella, fueron por mucho tiempo la única salida para una inquietud oculta bajo las obligaciones domésticas: "Yo cantaba las canciones mexicanas, que son sencillas. Corridos, rancheras... Igual que un vals pero más rapidito". Hasta que un día, llegada a la cincuentena, se acercó a la casa de la cultura de su comuna, Lo Prado, y ahí comenzó una nueva vida. "Yo llegué por terapia, estaba como deprimida y el doctor me dijo que tenía que hacer algo que me gustara. Ahí me encontré con el profesor Osvaldo Jaque, y él me empezó a enseñar. Yo tenía que ir escondida, porque a mi marido no le gustaba que saliera. Ahora lo está aceptando más".

Al poco rato, el profesor se dio cuenta de que su alumna principiante traía un conocimiento en el cuerpo. "Se puso a tocar afinaciones y vio que yo entendía algo. En el canto campesino se toca la guitarra traspuesta. Yo lo sabía porque cuando salíamos con mis papás, íbamos a los santos que se hacían para el sur, y yo escuchaba a los cantores que tocaban con guitarra traspuesta. El profesor me fue ayudando y yo sola empecé a cantar, a acompañarme con la guitarra, a sacar canciones de casette. Y empecé a investigar en el canto campesino… Me gustaría volver a recorrer los campos. Aunque la gente antigua ya no está. Ya Las fiestas ya no son como antes, que duraban dos o tres días. Pero igual se canta".

Consiguiendo casettes editados y grabaciones hechas en el campo, con la ayuda invaluable de su maestro, reconocido cantor popular y folclorista, y de una guitarra al principio prestada, Rosa fue recolectando los temas que hoy incluye en su repertorio. "Yo trato de sacarlos, algo parecido que sea. Canto las canciones que más me acuerdo, porque a veces la memoria me falla, porque soy muy nerviosa". A través de don Osvaldo, con quien ha colaborado en dos discos, tomó contacto con la gente del Archivo de Literatura Oral y Tradiciones Populares de la Biblioteca Nacional, quienes la han apoyado y la han invitado a cantar en más de una ocasión. Violeta Parra, Margot Loyola y Patricia Chavarría son sus cantoras favoritas. "Lo bonito es la chispa, la picardía con que se canta". Y aunque lo suyo es la tonada campesina, no pretende hacerle el quite al baile nacional: "Para acompañar en una parte, en una fiesta, al final hay que saber cerrar con un par de cuecas".

Más que un oficio, el canto ha sido para Rosita un medio para sentirse persona, y reclamar un espacio propio: "La casa la consume a la mujer. Ayuda mucho hacer otras cosas. La persona se valora mucho. El trabajo de la casa no se valora, uno hace de todo y es obligación, nadie agradece. Para mí cantar ha sido una motivación para vivir. Con el canto usted va expresando lo que siente. Ahora entretengo a las abuelitas, les enseño canciones, las hago cantar". Sin embargo, sus tradicionales ideas permanecen inamovibles y las obligaciones de la mujer con la casa, son, en su opinión, una ley incuestionable: "La mujer de antes, la campesina, nacía y moría en la casa. Ahora la gente está más liberal. Como la mujer moderna trabaja, tiene que compartir eso con el hogar. Porque si una mujer deja su casa, pierde todo. La pareja no se entiende. Si uno toma la responsabilidad de trabajar fuera de la casa, tiene que saber que en la casa tiene que cumplir con sus labores. Con el cariño y el estómago se
va ganando la pareja".

 
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