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Mayo 2009
Pabla Sepúlveda, sobreviviente del terremoto de 1939:
“No quedó ninguna casa parada”

En las afueras del Cementerio Municipal de Chillán, recogimos el testimonio de una florista que vio derrumbarse la ciudad cuando sólo tenía ocho años, en la misma zona en que hoy ofrece coronas y arreglos con flores que trae de Santiago.


Pabla Sepúlveda

El martes 24 de enero de 1939, poco antes de la medianoche, una población que a esas horas ya descansaba del trabajo cotidiano tuvo que levantarse para ver caer su ciudad. Chillán enfrentaba un nuevo terremoto y rememoraba, con ello, la desolación y el miedo que sus habitantes habían experimentado en siglos anteriores. Sin embargo, esta vez las consecuencias fueron aún más graves y a la mitad de la ciudad en ruinas se sumó también más de la mitad de la población desparecida entre los escombros. Pocos son hoy los sobrevivientes y difusos también los recuerdos del que se conoce como el “terremoto grande”, el que marcó el destino de la región en el siglo veinte.

Pabla Sepúlveda, de 78 años, vende toda clase de arreglos mortuorios –armados por ella y sus hijas con flores que semanalmente va a comprar a Santiago– frente al Cementerio Municipal de Chillán, en el mismo sector en que vivía con su familia en 1939. Con ocho años al momento del terremoto, sólo conserva algunas imágenes en su memoria, aunque la impresión vuelve al evocar el desastre, setenta años después.

“Todas estas poblaciones alrededor del cementerio se vinieron abajo, no quedó ninguna casa parada, era un potrero con casas de adobe todas caídas. También nuestra casa se cayó, pero gracias a Dios en nuestra familia ninguno tuvo un accidente fuerte, sobrevivimos todos. Mi esposo, por ejemplo, quedó atrapado entre los catres, esos catres de fierro que había antes, y su papá que era español decía ‘estas cosas no han pasado nunca en España, señor’ y preocupado, gritaba. Mi marido dice que sufrió mucho debajo porque como que se estaba asfixiando”, recuerda inquieta.

En los días siguientes, la actividad frente al cementerio era continua. “Me acuerdo cuando pasaban por aquí frente al cementerio los carros con unos burritos, venían acarreando la gente en esos carros con tablas no más, como un carrón, y también acarreaban en esos camiones antiguos. Todo el día, venían a dejar, venían a buscar, tiraban solamente los cuerpos”, señala Pabla. Desde entonces, una fosa común en el Tercer Patio del cementerio, construido en 1902, alberga cerca de veinticinco mil cuerpos que no fueron identificados. Hoy una escultura de la artista Helga Yufer, ubicada junto a la fosa, es el punto de encuentro para conmemorar a las víctimas.

Tras el terremoto, muchas familias decidieron emigrar de Chillán para rehacer sus vidas lejos de la tragedia. Otros, decidieron quedarse y sobrevivir en su tierra, como es el caso de la familia de Pabla. “Nosotros nos quedamos acá, con toda la familia, ninguno se fue, nos refugiamos y nos acomodamos como podíamos. Por mucho tiempo después del terremoto dormíamos afuera, bajo unos parrones antiguos, grandes. Después cuando se ponía helado, cuando llovía, parábamos unas latitas de zinc y ahí nos acomodábamos, nos cobijábamos, como ruquitas, porque antes no se usaban carpas ni esas cosas. No había tampoco qué comer, porque estaba todo sucio, había caído el polvo y las murallas donde caían estaban las ollas y las teteras aplastadas”.

Con imágenes que hablan de hambre y miseria, el respeto a la naturaleza y el temor ante sus manifestaciones se han transmitido de generación en generación, con distintos matices según las creencias familiares. En el caso de Pabla, los terremotos y catástrofes asociadas eran parte de una mitología bíblica. “En esos tiempos mi familia hablaba de las crisis que había, las crisis de hambre después del terremoto. Mi familia era toda del campo de Chillán, del lado de Portezuelo Durán, y cuando mataban a un animal la gente, por la necesidad de la crisis, salía a pedir un hueso prestado para hacer una comidita, una sopita. Eso me contaba a mí mi abuelita, la mamá de mi papá, que había mucha hambre. Y también que habían días en que amanecía de día claro, y como a las diez ya ellos salían todos a trabajar, a la loma, a cuidar los animales, a arar, y en eso de repente venía una oscuridad y como a la hora después caían unos goterones que parecían rocas de grandes y los pollos corrían toditos a echarse. Mi abuelita murió de 108 años y nos decía que todo lo que pasaba tenía que suceder porque estaba escrito en la Biblia”.

 
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