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Diciembre 2008
María Angélica, machi:
“Si no tiene fe en Dios, no puede ser machi”

Si prefiere no mostrar su cara en esta entrevista, es sólo por el profundo respeto que siente hacia su oficio y hacia sus pacientes. Encomendándose en primer lugar a Dios y diagnosticando males a través de la orina, las líneas de las manos, o “viendo la ropa”, para luego recetar la hierba precisa, realizar una “descarga” o una bendición, la joven machi María Angélica asume la condición heredada de su bisabuela, a quien no conoció. Consultarla cuesta sólo 5 mil pesos, pero “las hierbas van aparte”. Es posible encontrarla tanto en su casa de Pitrahue, al interior de Temuco, como en Santiago, en el Apu Wechuraba de Cerro Blanco, comuna de Recoleta, donde atiende algunos domingos.

Por Rosario Mena


Fotografía del libro Familias al fin de la tierra. Imagen de Ana María López (detalle).

Asumir su condición de machi, heredada de su bisabuela, no fue precisamente fácil para María Angélica, que lleva 20 de sus 35 años practicando la sanación, fruto de un largo e intenso aprendizaje con las machis más antiguas. “Me costó harto aceptar esto y aprenderlo… Mi idea era terminar octavo año, irme a la ciudad y no quedarme, como está mi mamá, aquí en el campo. Pero esta es la labor que me tocó y gracias a ello he vivido”, dice la sanadora.

Su caso, sin embargo, no es el más común en un panorama donde el número de machis es creciente, no siempre con el nivel que se requiere: “Hay gente que se convierte en machi en un mes. Y los pacientes van donde ella y pierden la confianza. Eso hace que se pierda nuestra medicina”. La fé del paciente en la machi es un elemento fundamental para el resultado. “Si alguien tiene dudas, mejor que no vaya”, afirma María ANgélica. Pero también lo es la fé de la machi en Dios: “Si no tiene fe en Dios no puede ser machi. Uno le pide harta fuerza y que su vista siempre sea transparente. Que uno pueda detectar bien a la gente que viene a consulta, que tenga un éxito, una mejoría”.


Espíritu revelado

Desde niña, María Angélica fue y se sintió diferente, mucho antes de ser confirmada como machi por los sanadores mayores de su comunidad: “Yo de niña sabía lo que estabas pensando y la gente no podía verme a mí. Adivinaba lo que iba a pasar. A veces hablaba sin querer. Y no entendía por qué”. Estando enferma, a los 13 años, sus padres la llevaron a machis y naturistas que pronto identificaron su naturaleza. “Ellos vieron que yo tenía el espíritu. Le dijeron a mis papás y yo les conté que sabía que no era normal”.

Su formación de machi comenzó a los 15 años, cuando abandonó el colegio y se fue a vivir durante un año y medio a la casa de una machi mayor. “Ella me enseñó cómo recoger la hierba, como seleccionarla, cuánto hervirla, cómo hay que curar a un enfermo. Uno tiene que ir a educarse a otra maestra que tenga experiencia”, explica la machi. De sus cinco hijos, todos entre 10 y 2 años, ninguno heredó el don de la madre. “Esto no se hereda por hijo. Quizás el espíritu mío va a salir en tercera, cuarta generación. Esto no se da, ni se pide”.
 
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