A pesar de la buena
voluntad y el entusiasmo
nacional, hubo mucha
improvisación.
Se gestionó
mal la venta de entradas
en el extranjero,
por lo que llegó
un numero de turistas
muy inferior al que
se esperaba. El valor
de los boletos hizo
que los estadios de
provincia quedaran
siempre a medio llenar.
Los balones de fabricación
nacional tenían
la presión
muy baja. En resumen,
como lo dijo un dirigente
de la FIFA, fue un
mundial amateur.
Chile se había
adjudicado la sede
en 1956. Fue un triunfo
de la estabilidad
democrática
chilena sobre la Argentina
-el otro aspirante
sudamericano- donde
luego de la caída
de Perón, se
sucedían los
golpes y conspiraciones
palaciegas.
Los preparativos para
el mundial avanzaban,
se estaban refaccionando
los estadios, cuando
el 22 de mayo de 1960,
uno de los peores
terremotos que existen
en los registros de
la historia sísmica
del planeta, y que
fue seguido de un
maremoto y de erupciones
volcánicas,
no sólo destruyó
las ciudades del sur
del país, sino
que alteró
el paisaje. Aún
así, la nación
reafirmó su
voluntad de mantenerse
como sede del mundial.
"Porque no tenemos
nada, queremos hacerlo
todo", había
dicho Carlos Dittborn,
uno de los dirigentes
que puso más
empeñó
en obtener para Chile
la sede del mundial.
Esa frase caló
hondo en el alma nacional.
Gabriela Mistral había
escrito en sus Recados
que Chile es una voluntad
de ser, y esa voluntad
empecinada se manifestó
en el año 60,
en primer lugar en
la reconstrucción,
pero también
en el empeño
por mantener la opción
de ese torneo que
podía darle
visibilidad planetaria
a un país perdido
en una orilla del
mundo.
La
furia de los buenos
chilenos
A los equipos
extranjeros demostraremos
buen humor, y como
buenos chilenos, alegría
y corrección
decía la letra
del famoso Rock del
Mundial, de Los Ramblers.
Entonces todos queríamos
ser buenos chilenos.
No importaba tanto
ganar sino mostrarle
nuestras mejores virtudes
al mundo. El Chile
de entonces tenía
algo de íntimo
y cordial, de barrio
amable, de plaza provinciana.
La gente recibió
amigablemente aún
a los equipos que
serían los
rivales de Chile en
la primera vuelta.
Pero desde luego,
se esperaba reciprocidad.
O al menos que se
respetaran las formalidades
de la cortesía
chilensis. Que se
pronunciaran las consabidas
alabanzas al país,
a las bondades de
su clima, y la belleza
de sus mujeres y paisajes.
Por eso cuando se
difundió el
reportaje de un corresponsal
italiano que decía
todo lo contrario
a lo esperado: que
el país era
feo, sombrío,
triste, pobre y que
muchas de sus mujeres
practicaban la prostitución,
cundió la ira.