Mujer kawesqar con su hijo, hacia 1945 en el libro Los nómades del mar de Joseph Emperaire.
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Chile un largo álbum fotográfico.
Tras la pista de Julio Bertrand
La familia Loayza.
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- Sitio sobre los kaweskar de la Universidad de Chile.

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Historia de las kawesqar o alacalufes
Los nómades trágicos (continuación)

 

De Europa al fin del mundo

En cuanto terminó la guerra Emperaire y otro investigador consiguieron fondos del gobierno francés -cosa que no ha de haber sido fácil en ese momento- y partieron en el primer barco que zarpó hacia Sudamérica, después de varios años de suspensión de las vías marítimas comerciales por el Atlántico.

Llegaron a Buenos Aires y desde ahí pasaron a Santiago, a principios de 1946. El Ministro de Defensa de la época les facilitó el viaje hacia Punta Arenas, donde embarcaron rumbo a Puerto Edén. Allí vivían algunas de las últimas familias alacalufes, en los alrededores de un puesto militar que les entregaba la mínima ayuda que requería su sobrevivencia.

A fines de mayo, Emperaire desembarcó en medio de la noche en ese puerto, situado de Isla Wellington. En su libro anota: "Era sobrecogedora la impresión de encontrarse bruscamente lanzado entre los últimos fueguinos, en el centro de esa gigantesca estela de archipiélagos desiertos (...) que fuera en otro tiempo el dominio de los nómades del mar".

En Puerto Edén había sólo cuatro chozas habitadas por algunos de los últimos alacalufes. El resto andaba por los alrededores del Faro San Pedro, unas noventa millas al norte, pero poco a poco fueron llegando.

Por otra parte, la mayoría de ellos había abandonado sus hábitos nómades, y en lugar de la pesca y la caza preferían mendigar, y la inactividad casi total los iba degradando. Su resistencia a las enfermedades disminuía en correlación con la falta de trabajo. Ya no celebraban sus antiguas ceremonias, sus creencias y contactos con el mundo sobrenatural no parecían servirles y sólo recurrían a ellos en caso de enfermedades graves o de muerte.

Frente a este panorama oscuro, Emperaire observaba que los mayores tenían conciencia clara de que "todo aquello a lo cual podían sujetarse se ha derrumbado", mientras lo más jóvenes se mostraban impacientes por abandonar su forma de vida. Advertía el autor que en ausencia de planes de reeducación, sólo muy pocos de ellos tenían posibilidades de adaptarse con éxito a una vida nueva.

Así, los últimos alacalufes vivían en un presente sin objetivos, sin los valores culturales que les habían dado sentido a sus vidas, y con el futuro "irremediablemente cerrado".

 
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