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Imaginar a los sureños

 

Bernardo Guerrero Jiménez

Cuesta imaginar otro territorio que no sea el de uno. Eso era así, en la era de la localización, cuando la globalización con todo su torrente de imágenes aún no se nos instalaba en la casa y en la subjetividad. ¿Cómo imaginar entonces el país? La escuela fue entonces el instrumento preferido que tuvo el estado central para que el habitante del extremo norte y del extremo sur tuvieran la conciencia de pertenecer a una misma nación.

Los textos de estudios propagaron ese mandato del estado central. La chilenidad se construye, y la escuela fue el principal edificador de la nación. Sobre esa base, los nortinos imaginamos a nuestros hermanos del sur.

Cuando en el norte se habla del sur, se habla de sureños. Esta noción, sin embargo, se reduce a otra más arquetípica, pero menos precisa: huasos. Los sureños se nos hacen visibles bajo la figura del huaso. Todo aquello que viene al sur de Antofagasta cabía en esa palabra. Y el sabor de ese término era, por lo general, despectivo: "huasitos" se decía y se dice, así como arrastrando la voz.

Todo ello independientemente de que el norte grande de hoy, ayer peruano y boliviano, se construyó con muchos venidos del sur. Todos ellos bajo la noción general de gente del sur, en la que se metía en un mismo saco a las personas venidas de Combarbalá, Linares y Chiloé.

El país se visualiza además según el largo del tren longitudinal. Este medio de locomoción, el Ferrocarril del Estado, contribuyó a imaginar el país al igual que el silabario "El Lea". En ese viaje largo de Iquique, La Calera, Santiago y Puerto Montt, de casi una semana de duración, los nortinos conocimos a la gente del sur. Pero, sólo hasta Puerto Montt. Allí en esa ciudad, el tren detenía su marcha y se nos acababa el país. Pero cuando el Estado, era de Compromiso, los ferroviarios editaban la revista "En Viaje" y gracias a ella, el país se nos aparecía unitario. Allí, la Patagonia se nos hacía verdad. Las grandes masas de corderos, las frías planicies, nos hablaban de un territorio tan duro de vivir como el desierto de Atacama.

La literatura cumplió casi la misma función. Por Baldomero Lillo conocimos las penurias de los obreros del carbón, tan sufridos y combativos como los nuestros, los del salitre. Y nos fuimos más al sur, gracias a la pluma de Francisco Coloane. En sus libros los hombres australes tenían la carne y los huesos que los sureños, al leer a Sabella, habrían de imaginar.

Pero siempre el sur se nos presentó como un territorio bello, pero lejano e inhóspito. Punta Arenas, nos parecía como una ciudad cayéndose del mapa. Casi al borde del naufragio, y para más remate, a punto de caer en aguas heladas y bravas. ¿Cómo imaginar la Tierra del Fuego y La Patagonia? Lo que sabemos de esas geografías se lo debemos a Coloane. Hoy con al industria del turismo, esa imagen, transmitida por fotos o imágenes de la TV se nos hacen más vivas.

No hay territorios más extremos que el norte y el sur de Chile. Ambos tensan al centro santiaguino, que sin embargo, se las arregla para seguir imponiendo sus puntos de vista. Ese sur con nuestro norte se hermanan a través del sentimiento regionalista. Como que dan ganas de decir el norte y el sur, unidos... jamás...

 
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