Tumba en el Cementerio Católico de Santiago.

 

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La democratización de los camposantos
El cementerio extramuros (continuación)

 

Espacios sagrados y campos de batalla

El Cementerio General se construyó en un terreno que fue donado por los padres dominicos, con la condición de que se otorgara sepultura a todos los integrantes de la orden. Esto le dio desde sus orígenes el sello marcadamente religioso que mantendría por sesenta años. Además el cementerio era un espacio sagrado. Por añadidura, inicialmente se lo conocía como Cementerio parroquial de Santiago.

Se dictó asimismo una legislación que obligaba a construir los cementerios fuera de las ciudades y que prohibía los entierros en las iglesias. El 31 de julio de 1823, bajo el gobierno de Ramón Freire, se promulgó una ley que propendía a la creación de nuevos cementerios en todo el país. Fue así como éstos proliferaron en las afueras de las principales ciudades de la República.

En los cementerios comenzó a gestarse una pugna entre la Iglesia y el gobierno. Muchos de estos campos eran administrados por religiosos, pero el poder civil se hacía sentir en ellos. Así por ejemplo, en enero de 1844, durante el gobierno de Manuel Bulnes, se dictó la ley que establecía como facultad presidencial la de establecer los aranceles por derechos de entierro que debían cobrarse en los cementerios públicos. La pugna iría en in crescendo hasta convertir a estos cementerios de campos santos en campos de batalla entre las autoridades civiles y eclesiásticas.

Los cementerios no eran el único escenario de este enfrentamiento. Problemas como la llamada “cuestión del sacristán”, en 1856, y otros evidenciaban la pugna entre dos tendencias que se habían constituido: el regalismo, que pretendía someter a la Iglesia al control del Estado, y el ultramontanismo que defendía la independencia de la Iglesia del poder civil y sólo reconocía la autoridad de la Santa Sede. Todo esto dentro de un marco constitucional que establecía que la Católica era la religión del Estado chileno.


Las exclusiones


Los primeros conflictos se produjeron por competencia en la recepción de los derechos que se pagaban por entierros, o por cuestiones más bien domésticas: un párroco acusaba a algún alcalde, subdelegado o funcionario de gobierno porque sus caballos u otros animales entraban a pastar al cementerio. Pero la principal causa fue la del entierro de personas que, para la Iglesia, no tenían derecho a sepultura en terreno sagrado.

Como lo indica la historiadora Sol Serrano, “los cementerios católicos contemplaban desde antiguo un lugar para quienes no podían recibir sepultura eclesiástica”. Éstos eran “los herejes, impíos, infieles y también los párvulos sin bautizar, los impenitentes y pecadores públicos”. Los buenos, los que el día del Juicio Final resucitarían para vivir eternamente, no podían estar juntos con los impíos. La Iglesia no permitía esta promiscuidad en los cementerios. En esta doctrina está también el origen de los cementerios de disidentes.

Sol Serrano cita muchos casos de negativas de párrocos a permitir la sepultura a algún pecador contumaz, a suicidas, a negligentes con su vida sacramental y hasta a párvulos cuyos bautismos no eran válidos por algún error de forma en la administración del sacramento.

 
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