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Enero 2004

A propósito del caso juez Calvo:


Otra vez el doble standard
Por Cecilia García-Huidobro FzK

El juez Calvo acaba de ser "salvado" por un voto. No es casualidad que fuera apenas un voto: el justo y necesario para mantenerlo en las filas, pero demostrando que sus superiores lo han tratado con rigor. Sin embargo, la realidad es que seguirá ejerciendo como juez y el episodio, con el tiempo, se irá diluyendo de los imaginarios nacionales.

El affaire Calvo es uno de los ejemplos más contundentes, de los últimos tiempos, para ilustrar la faceta chilena del doble standard: puedes llevar una doble vida mientras no te pillen. El verdadero error del juez fue su debilidad de confesar su tejado de vidrio y que esa confesión estuviera filmada. El problema que termina discutiéndose se refiere a aspectos formales, como si es o no ético usar una cámara o si al aviso que le dieron de la filmación se le puede llamar extorsión. Todo eso opaca lo medular, que es el de un funcionario que debe representar la probidad, en la administración de justicia- quizás la tarea más ambiciosa que puede llevar a cabo un ser humano- y que, sin embargo, lleva una doble vida contrapuesta a la envestidura que el "pacto social" le ha entregado.

El asunto no es que las tendencias sexuales del juez sean homosexuales. En una sociedad más tolerante no debería ser escollo, para cargo público alguno. Lo que sí es un escollo es la pantalla que se ha construido, arrastrando a toda una familia en su debilidad, para mostrarse de una manera que no es, para fingir una normalidad social que no es la propia. Yendo aún más lejos, su máscara llegó al mundo de la institución judicial, enlodando inevitablemente su honra. El juez Calvo, a pesar de ser parte del circuito, compuesto por usuarios y proveedores, de la prostitución masculina, no se inhabilitó y procedió con el máximo celo. Lo único que lo detuvo fue el ser sorprendido in fraganti y no una reflexión interna. Sin el reportaje de Chilevisión, está claro que seguiríamos con el mismo juez en la misma causa.

Es muy penoso constatar como en Chile se repite, una y otra vez, el síndrome de la máscara. Nos cuesta asumir nuestras propias verdades y enfrentar al mundo, tal cual somos. Esto se hace extensivo a nuestra postura como país. Siempre estamos pretendiendo ser más: los jaguares de Latinoamérica, el único país sin divorcio (a pesar de las espantosas cifras de violencia intrafamiliar), los menos corruptos (a pesar del Gate, CORFO y demases), etc. El juez Calvo es una de las miles de víctimas que no asume su condición por mantener los parámetros exitistas que impone la sociedad actual.

Pero, no nos confundamos, es víctima de sí mismo, en cuanto a su falta de fortaleza interna, pero eso no justifica, en absoluto, el que tomara un caso del cual, él mismo, era un eslabón. Los sórdidos casos que la opinión pública ha conocido sólo dejan a la intemperie a los miles de niños a los que la sociedad les ha negado un lugar y que no encuentran otro camino de supervivencia que la temprana prostitución. ¿ Qué pasa con ellos, después? El círculo se cierra en los saunas y comercios sexuales a los que no les queda más remedio que acceder.

No olvidemos otras imágenes de este caso: la directiva máxima de la UDI, partido que defiende los valores y la familia entre sus postulados fundacionales, solidarizando con el Juez Calvo. La Presidenta de la Cámara de Diputados acompañada de otros honorables en la puerta de la casa del juez, expresando su total apoyo. Y ahora, la Corte Suprema, por apenas un poco casual voto, le permite seguir en sus filas.

El caso aludido es sólo la punta del iceberg de los miles de chilenos que tienen una completa escenografía para disimular las ocultas inclinaciones que a tantos niños y jóvenes dañan. Miles de chilenos que, en horas de trabajo, acuden a boliches como a los que el juez Calvo acude, mientras los papeles de las causas descansan sobre un escritorio.

 
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