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Febrero 2003

Las heridas del amor (continuación)
 

Amores en décimas

Violeta Parra dirigió el arma contra ella misma. Fue una mujer de muchos y muy apasionados amores. A los 21 años se casó con Luis Cereceda, joven empleado de ferrocarriles, al que conoció en uno de los boliches de mala muerte la calle Matucana, donde ella se ganaba la vida cantando. Con él tuvo a sus dos primeros hijos, Isabel y Ángel. Su segundo marido fue Luis Arce, padre de Rosita Clara, que sólo tenía 9 meses cuando Violeta viajó por primera vez a Europa. No había pasado un mes de su partida, cuando en Varsovia recibió la noticia de la muerte de la niña.

En ese mismo viaje conoció al que sería uno de sus grandes amores, el español Paco Ruz, al que le dedicó unas décimas: "entero está en mi memoria,/ mi amor por él es muy fino, /bello como un querubino,/ me entrega su corazón, / así pudo mi razón / hacerle frente al destino."

A su regreso a Chile, después de un año y medio de ausencia, deshace su matrimonio con Luis Arce. A fines de 1957 es contratada por la Universidad de Concepción, para hacer trabajos de recopilación folclórica en la zona. Ahí conoce otro amor grande y conflictivo con el pintor Julio Escámez, del que también quedaron unas décimas, Engaños en Concepción: "Entré al clavel del amor/ cegada por sus colores,/ me ataron los resplandores/ de tan preferida flor...".

En octubre de 1960, cuando ella celebraba su cumpleaños 43, le llegó un regalo inesperado. Su amiga Adela Gallo, llevó a la fiesta a Gilbert Favré que había llegado hacía poco a Chile. Al mes siguiente Favré ya estaba viviendo en casa de Violeta. Él era 18 años más joven. Fue el más grande de sus amores, una relación llena de idas y vueltas, de distancias y reencuentros. Se escaparon uno del otro y también se persiguieron. Ella en sus cartas lo trata de Gilbertito, Chinito mío, Petie Gilberto, Mon chinito. A fines de 1965, Gilbert decidió separarse definitivamente de ella y se fue a Bolivia.

El 14 de enero de 1966 Violeta intentó suicidarse cortándose las venas. A fines de abril de ese mismo año partía a La Paz a buscar a Gilbert. Regresó sin traerlo, él se había convertido en un gran intérprete de la quena. Poco después formaría el exitoso grupo folclórico Los Jairas, y cuando Violeta volvió a Bolivia, en junio, él ya tenía un nuevo amor, una joven boliviana.

Entre el 14 y el 16 de diciembre de 1966 se organizó en el Teatro Caupolicán de Santiago un gran festival de folclor al que vinieron Los Jairas. Fue entonces cuando Violeta recibió la noticia del matrimonio de Gilbert con la muchacha boliviana.

A las penas de amor se sumaban las dificultades de la vida. Violeta tenía deudas importantes que había contraído para pagar la carpa que instaló en la comuna de La Reina, y que a pesar de todo su empeño no resultó un buen negocio. El domingo 5 de febrero, en una tarde calurosa, ella se encerró en la pequeña carpa que tenía como habitación. Su amigo Alberto Zapicán y su hija Carmen Luisa oyeron el tema Río Manzanares, en la voces de Isabel y Ángel Parra, que Violeta ponía una y otra vez. Salió un rato, para luego volver a encerrarse. Entonces se oyó el disparo que terminó con su vida.

De casi todas estos amores desventurados, sus protagonistas dejaron testimonio de gran valor literario: La amortajada, de María Luisa; Cárcel de mujeres, de María Carolina, y las décimas y algunas de las más bellas canciones de Violeta. Las heridas del amor han quedado así, abiertas en la palabra y en la música.

 
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