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Por Darío Oses
El hombre siempre se ha empeñado en conjurar
el tiempo. Desde luego ésta es una guerra
perdida donde sólo podemos conseguir pequeñas
victorias parciales. Una de ellas fue la invención
de la fotografía que permitió fijar
el acontecimiento huidizo, registrar visualmente
sucesos efímeros como el matrimonio, los
momentos de un viaje, una celebración,
un homenaje, un gesto, un gol, un asesinato. En
fin, todo queda fotografiado, el mundo se ha convertido
en un álbum gigantesco, pero el tiempo
sigue su curso y hace envejecer hasta las fotos.
La eternidad de la fotografía no pasa de
ser una ilusión. Cuando vemos los montones
de fotos antiguas que venden en las ferias de
antigüedades, conmueve contemplar a esos
señorones posando tiesos y engolados, o
a las parejas y a las familias, tan seguras de
su solidez, o a las damiselas luciendo sus hermosuras
ya casi desvanecidas. Y al final tenemos las viejas
fotos ahí, apiladas sobre la vereda, mostrando
su patético anacronismo, como curiosidades
anónimas de otra época. El tiempo
finalmente se desquita de las fotos que pretendieron
anularlo, y las reduce a la condición de
antigüedades baratas, de pintorescas reliquias.
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