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Octubre 2004


Publicidad para la mujer de antaño

La belleza prometida (continuación)




Cuando de belleza se trataba, a la mujer la rodeaba un halo de romanticismo y glamour que nada tenía que ver con la vertiginosidad que hoy le impone la vida laboral. Las páginas ajadas y amarillentas hoy son las únicas testigos del papel que ocupaba en la vida social, a veces de un machismo demasiado evidente para el siglo XXI: "...es tan fácil para toda mujer procurarse ese aire de frescura e higiene que realza sus encantos y atrae al marido al hogar. Con el uso de FORMOSAPOL", decía un anuncio en la Revista Zig-Zag en 1936, sin que quedara claro si el jabón que evitaría el atraso del esposo a la cena era para fregar la cocina o para el baño de la señora.
Revisa los anuncios para la mujer de antaño
Portada de la Revista Zig - Zag
del 23 de octubre de 1936, Nº 1648.
Revisa los anuncios


Los nombres de los productos variaban según su función, creador o lugar con el que se le pretendía asociar: Odol para la limpieza bucal; Odorono para revertir el olor axilar; zapatos Artigas para la dama elegante y cremas Pompeian para igualar la belleza de la antigua mujer romana. Algunas marcas persisten como Hinds, Ponds, Salomé, Loreal o la tradicional Crema Lechuga.

Eran tiempos en los que los estudios de marketing no existían. Seguramente hoy no es recomendable llamar a un lápiz labial Don Juan; a unos polvos compactos Mignon Junol o a una crema para peinar La Florida.


Portada de la Revista Margarita del 6
de noviembre de 1947. Nº 706.
La osadía daba sus primeros atisbos a través de piernas descubiertas en algunos anuncios de cremas depilatorias y de zapatos, o de cabellos escarmenados en avisos de tinturas. La naturalidad también era un objetivo cuando se decía "¡No se pinte, no está de moda!". Y las estrellas y distinguidas damas, al igual que hoy, difundían las bondades de los productos como lo hizo doña Mónica Concha de Velasco, quien ostentaba "la tersura inmaculada de su cutis".

Sin duda era una época más ingenua y con bastante menos ambiciones que la actual, en la que la felicidad de la mujer se identificaba con la llegada al altar, meta alcanzable con el sólo toque de un aroma particular. Así lo proclamaba el aviso de la loción Carillon: "Un fragante sendero hacia la dicha".
     
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