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Agosto 2007
 
Fotógrafos de cajón o minuteros
Entre la resistencia y el olvido (continuación)

La cajita feliz

A diferencia de los fotógrafos de estudio, que trabajaban con más tiempo y tranquilidad, en condiciones lumínicas controladas y con la solemnidad con la que retrata un artista, los minuteros trabajaban al aire libre en medio del bullicio de la ciudad o del balneario. Su principal herramienta era una pequeña caja portátil que funcionaba como laboratorio y cámara a la vez. Era una misteriosa fábrica para quienes no conocían las leyes físicas y químicas que hacen posible la fotografía. La capacidad para registrar el huidizo momento era su sello indeleble. La instantaneidad de su servicio era su mejor atributo.

Estos fotógrafos debían ser diestros para poder manipular, sin mirar, en un reducido espacio los adminículos necesarios para revelar y fijar la imagen. Mientras estaba en uso, la caja jamás podía ser abierta ya que la luz amenazaba con velar y estropear las placas de vidrio o el papel sensible a la luz.

Los fotógrafos de cajón trabajaban sin el tipo de negativos que se utiliza en la fotografia actual. El papel o placas de vidrio cumplían esta función. Primero, el fotógrafo enfocaba la imagen con un vidrio semitransparente que colocaba al interior del cajón en el lugar donde posteriormente pondría el material fotosensible. En seguida, cerraba el cajón y comenzaba a operar a tientas. Extraía un papel sensible a la luz que guardaba celosamente en un estuche dentro del cajón. Lo colocaba en el lugar del vidrio que usaba para verificar el enfoque de la imagen. Luego, calculaba la apertura del diafragma y la velocidad de obturación. Entonces apretaba el disparador u obturador, que accionaba con un hilo amarrado a una tapa sobre el lente. De esta forma, el papel o la placa de vidrio quedaba expuesto a la luz. Así obtenía un negativo. Luego lo revelaba y fijaba con los químicos desplegados en dos cubetas distintas, que también guardaba adentro del cajón. Entonces, sacaba el negativo para lavarlo. Por último, repetía el mismo procedimiento para fotografiar el negativo y obtener una imagen en positivo.

Aunque demoraban entre tres y cinco minutos, los fotógrafos prometían hacer la operación en un minuto. De ahí viene el nombre de los minuteros.

Otra característica de los minuteros eran los instrumentos con los que montaban una pequeña escenografía. El caballo de madera forrado con piel de equino; el barco de utilería y el lienzo donde ingenuamente se representaba un idílico paisaje, la gruta de una virgen o un vuelo en aeroplano, eran su mejor gancho. Paradógicamente, con estos falsos elementos registraba el mundo real.

Pocas veces los rostros de los retratados aparecían con una sonrisa, y si ésta se dejaba escapar, era apenas esbozada por el modelo. Gran parte de los inmortalizados expresaban autoridad, solemnidad o seriedad, actitudes acordes con la magnitud de la ocasión representada. El fotografiado no se podía mover, por unos segundos debía quedarse completamente quieto para evitar una imagen borrosa. Por esta razón las miradas eran algo tensas, atentas y fijas. La espontaneidad y la expresividad eran las mayores ausentes.

Como consecuencia de la utilización de los falsos elementos y de las hieráticas expresiones de los fotografiados, estás imágenes tienen un halo de enigmática fantasía.


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