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Mayo 2009
Tradición colchagüina:
Marina, artesana de la teatina

De sus 70 años, Marina lleva 55 fabricando las elegantes y ya famosas chupallas de una fina paja llamada teatina, que le ha dado prestigio a la artesanía del Valle de Colchagua.  Un arte aprendido de su madre y de su abuela,  característico de la cuesta de La Lajuela, a pocos kilómetros de Santa Cruz, y que ya muy pocos cultivan.

Por Rosario Mena


En los cerros de la cuesta de La Lajuela, en las proximidades de Santa Cruz, crece la fina paja llamada teatina, utilizada para hacer chupallas de calidad, así como los aros redondos  que, con broches de plata, se han constituido en una cotizada joyería artesanal de moda. Pero si este producto resurge y prolifera, no ocurre lo mismo con las tradicionales chupallas.

El largo tiempo que implica su elaboración –sólo la trenza que se utiliza como material básico para hacer una chupalla requiere casi un mes completo de trabajo a mano- y el escaso margen de ganancia –la más cara se vende en cerca de 50 mil pesos- han ido extinguiendo lentamente su producción, siendo muy pocas las mujeres que aún la practican.  “Los jóvenes se van a trabajar en las cosechas, les conviene más.  Esto se ha ido dejando”.

Pero no sólo ha ido menguando el oficio, sino también, la materia prima:  “Esto sale solo, en el cerro. Antes salía harta.  Ahora hay muy poco.  Yo camino bien lejos para buscarla.  Tenemos que cortarla en noviembre, diciembre, cuando está verde. Sino no, se puede usar, en el invierno se pone dura.  Se seca unos días y después se guarda”, cuenta Marina,  una de las pocas mujeres de la zona que continua fabricando chupallas.  

Junto a Iris, una de sus seis hijos,  trabaja de sol a sol, en su pequeña casa empinada en los áridos cerros, sobre el fértil valle vinícola, cosiendo a máquina las finas trenzas para producir cada día 4 o 5 de estos sombreros artesanales que destacan por su fineza.   Actualmente, Marina prefiere comprar las trenzas “hechas en Panamá y Las Lagunillas”.  El rollo cuesta 20 mil pesos, trae 95 metros, y con eso se puede fabricar un solo sombrero.  

Su madre y  su abuela fueron sus maestras.   “Aprendí a los 15 años, a los 9 ya sabía coser a máquina”, cuenta esta mujer criada en La Lajuela, en un espacio geográfico y cultural que, a pesar de la cercanía al valle, mantiene características muy distintas. “Nunca hemos sido del valle. Siempre hemos estado aquí”, dice la artesana.   Ajena a la producción agrícola y vitivinícola, la familia de Marina se autosustenta con su artesanía, la crianza de gallinas, la venta de leña y carbón, entre otras actividades.   “Aquí es seco, no crece verdura”.   

Sin embargo, el circuito turístico ya ha incorporado su casa como visita imperdible. “En el verano y hasta la vendimia, es cuando más vendemos.  Aquí vienen los turistas en furgones a comprarnos.  Vendemos todo lo que hacemos.  No nos conviene llevar a otros lados, sino vender directo”, explica.    La oferta se complementa con aros, individuales para la mesa y otros objetos del mismo material. “Lo hacemos porque nos gusta. No tenemos otra cosa que hacer”, afirma Marina,  asumiendo sin cuestionamientos la herencia de esta valiosa tradición.

 
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