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Vacaciones de día
El turismo aún no se había masificado, de modo que el litoral central era un lugar apacible. En Las Cruces, donde veraneaba en esos años, no había nada parecido a una sala de baile ni mucho menos a una disco. De vez en cuando se hacían fiestas en el Hotel Trouville, pero el veraneo era diurno. Ahora, al menos para los jóvenes, es principalmente nocturno, de carrete hasta la madrugada. Los veraneantes de hoy tienen vocación de vampiros.
El único teléfono del balneario era el de la Residencial Uribe y funcionaba con manivela. La Residencial era un grupo de varias casonas, con habitaciones distribuidas a los largo de pasillos, al final de los cuales había un baño. Los dormitorios estaban provistos de palanganas, lavatorios y baldes de fierro enlozado. Cada velador tenía una palmatoria con vela por si había que levantarse en la noche. Para conjurar el ataque de los zancudos encendíamos unas espirales que se consumían lentamente y despedían un hilo de humo con aroma de eucalipto. Los panoramas no eran muchos: por la mañana y la tarde playa, después contemplación de la puesta de sol en el roquerío al que se llamaba “La punta del lacho”, y a veces caminatas por los bosques que había en los alrededores. La gran parranda era una fogata con canturreo. La mayor entretención: ir a Cartagena donde nos compraban revistas de historietas, o El Mercurio del domingo, que entonces llevaba como suplemento la revista Mampato.
Esos veranos que nos hicieron tan felices matarían de aburrimiento hasta al más quitado de bulla de los jóvenes de hoy.
La cultura playera
Conocí en ese tiempo otros balnearios. Quintero era mucho más concurrido que Las Cruces y sí tenía locales nocturnos, como el Mónaco y el Yatching Club. También Maitencillo, donde la principal atracción vespertina seguían siendo los taca taca y los juegos de tiro de argolla a la botella y tiro al blanco a los patitos. También podían arrendarse unos caballos a los que no sólo costaba sacarles trote sino también pasos.
A mediados del siglo XX se consolidó una subcultura playera con todos estos elementos: fogatas, puestas de sol, deportes en la arena y el mar y taca taca. A eso hay que sumarle la semana del balneario, con las pugnas de las alianzas por ganar puntos para su reina. Como música de fondo se escuchaban los temas populares que hablaban de los efímeros romances de vacaciones, amoríos que se terminaban con el verano.
Ese mundo tuvo sus personajes típicos como los vendedores de barquillos, helados y pan de huevo; el salvavidas que dormitaba y se tostaba en su puesto de vigía, y también el gran protagonista del veraneo: el “choro de la playa”. Éste era el que realizaba las mayores proezas en el agua, en la semana del balneario y en las fiestas. También el que arrasaba con “las minas”. Recuerdo al “choro” de varios veraneos de Quintero. Le decían Mamel. Debe haber llegado el momento en que entregó su reinado. ¿Qué será de él?
Hacia 1975 ese mundo ya era crepuscular. Participé en el montaje de una comedia musical realizada por el grupo de teatro de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, que dirigía Marco Antonio de la Parra. Fue una especie de homenaje nostálgico e irónico a aquella subcultura playera en extinción. La obra se llamaba Sumertime. En ella un “choro de la playa”, apodado Jimmy Dinamita, ya otoñal, regresaba a un mítico balneario, Bahía Guayaba, a tratar de revivir sus momentos de gloria.
Nosotros, los nostálgicos volvemos a la playa, pero en invierno, a convocar fantasmas y a recordar. Y en verano preferimos quedarnos en Santiago.
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