Te recomendamos
- Restrospectiva en el Museo Nacional de Bellas Artes: El bicentenario del cómic chileno.

Comunidad Activa
Sugerir Temas
Sugerir Agenda
Sugerir Link
Chile Crónico
Inicio/Chile Crónico...

Enero 2009
1 / 2 / 3 / 4 / 5 /
Cobquecura:
Balneario de piedra y de lobos (continuación)

 

Las tierras del cacique

Con más de 50 kilómetros de costa, Cobquecura es lugar de veraneo para la gente de Quirihue, Coelemu, Concepción, Cauquenes, Chillán, y hasta para algunos surfistas y pescadores de Santiago. Si otros poblados se desarrollaron a partir de su plaza de armas, Cobquecura nació de una de sus calles, Rehue. El 11 de enero de 1575, se reconoció como su fundador al cacique Alejandro Piceros Carampangue.

Era éste el personaje más rico de la zona. Además de tierras tenía autoridad. Se cuenta que administraba justicia en nombre de la real audiencia, premunido de un báculo con empuñadura de oro. Sus tierras habían sido parte de las haciendas de doña Inés de Suárez. Como se le reconocieron sus títulos sobre esas propiedades, el cacique concedió gratuidad testamentaria a los terrenos de la iglesia, la plaza de armas y el cementerio. En retribución, la Audiencia lo nombró ciudadano benemérito.

En el siglo XIX estaba en operaciones el puerto triguero de Buchupureo, a doce kilómetros de Cobquecura. Por ahí llegaban pianos, muebles finos y todo el alhajamiento para las casas del pueblo. Hasta que un maremoto se llevó el muelle. Dicen que el culpable fue un agricultor que en estado de ebriedad le disparó a la virgen y con eso atrajo la catástrofe.


Según pasan los años

Con el tiempo Cobquecura se convirtió en uno de esos balnearios de casas de estilo colonial, a donde llegaban a veranear familias de profesionales, terratenientes, científicos y artistas. Berta Inés Concha, abogada, editora y empresaria que trabaja con la mercadería más noble, el libro, recuerda sus veraneos en Cobquecura, a donde llegaban familiares de Claudio Arrau, del célebre botánico Federico Johow y de Marta Brunet. En sus playas vio también a los escritores Luis Oyarzún y Benjamín Subercaseaux.

En las décadas del 50 y el 60 había memorables fiestas juveniles, con veladas bufas y artistas improvisados, nos cuenta la memoriosa Berta. Entonces todavía podía encontrarse a gente del siglo XIX, a caballeros que se paseaban por las carpas dispuestas a lo largo de la playa, ofreciéndoles a las damas, a las que trataban de “misiá”, ayudarlas en el baño de mar sosteniéndolas cuando golpeaba la ola.

En esa época todo el mundo tenía un apodo. Había una familia de mariscadores descendientes del célebre bandido Neira. Cuando tomaban les daba por hablar y hablar. Por eso les pusieron “los cachaña”. Eran blancos, de pelo claro y ojos zarcos, es decir del tipo genético que perduró por mucho tiempo, gracias al aislamiento de Cobquecura. Este mismo factor hizo que se conservara un lenguaje lleno de giros arcaicos.

Hasta hace pocos años existían aún unos personajes nómades, que recolectaban cochayuyo en la playa, los cargaban en un burro y se iban caminando por la zona costera y hacia el interior, calzando la antigua hojota de cuero de vaca. Recorrían todo el Itata, llegaban hasta el mercado de Chillán. Por el camino iban orinando en la carga, para que el producto no perdiera la sal.

Era el tiempo en que a Cobquecura llegaban sólo los elegidos, los que estaban dispuestos a pasar por las pruebas que les ponían el camino y los precarios medios de transporte. La única micro que llegaba a esta playa era la del “compadre Tula”. Salía desde el mercado de Chillán a las 5 de la tarde. Para conseguir un asiento había que tomar posesión de él a las dos y esperar tres horas bajo el implacable calor chillanejo. Poco a poco la micro se iba llenando hasta terminar repleta no sólo de personas, sino de canastos, animales, sacos y otros bultos.

 
Subir
1 / 2 / 3 / 4 / 5 /
     
     ¿Tu Favorito?  Escríbenos
 Mapa
 Créditos  Un Sitio:
 Patrocina:
 Ganador del: