Tumba en el Cementerio Católico de Santiago.

 

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La democratización de los camposantos
El cementerio extramuros

 

Por Darío Oses


Tumba en el Cementerio Católico de Santiago.

Con la Ilustración borbónica comenzó a elaborarse un discurso orientado por la razón y la higiene. Se calificó de degradante y malsana la práctica de convertir los templos en depósitos de cadáveres. Se propició el desplazamiento del dolor desde el espectáculo público al sentimiento privado, y la sepultura desde la iglesia al cementerio “extramuros”, principalmente por razones sanitarias ya que a las iglesias concurría mucha gente que podía contraer enfermedades por esta cercanía con los cuerpos en descomposición.

Empezaba, así, a esbozarse una pugna entre modernidad y tradición. A la necesidad de sepultar a los muertos en un espacio sagrado para que esperaran allí el Juicio final, se oponía un pensamiento higienista que mostraba más preocupación por el bienestar del hombre en este mundo, y objetaba los entierros en las iglesias por consideraciones de salubridad. Este ideario del despotismo ilustrado se traspasaría en gran parte a los primeros gobiernos republicanos.

Como lo señala el historiador Marco Antonio León: “El legado borbónico en materia de cementerios: la idea del cementerio “extramuros”, fue la bandera de lucha enarbolada por quienes en el futuro atacarían los intereses de la Iglesia, ya fuese apoyando las construcciones de más camposantos o, mucho después, secularizando los cementerios para abrirlos a los nuevos credos religiosos que se incorporaban a la Nación”.

La idea del cementerio “extramuros” se concretó con el decreto del Director Supremo Bernardo O´Higgins que creó el Cementerio General, el que se inaugura el 9 de diciembre de 1821, todavía sin difuntos. Los primeros “residentes” llegarían por la noche del día siguiente. La ciudad de los muertos se separaba así de la de los vivos.

Barros Arana da cuenta de las resistencias que provocó este cementerio: “el mayor número de hombres de fortuna (…) decían y repetían en todas partes que (…) ellos respetarían las prácticas tradicionales, pidiendo y obteniendo al efecto permiso para enterrar a sus deudos en las iglesias…”.

Relata también este historiador que en tertulias y corrillos se hablaba contra el Cementerio General “con obstinado encarnizamiento”. Se hacían circular patrañas, como la de que este lugar “era invadido frecuentemente, de día y de noche, por perros hambrientos que desenterraban los cadáveres para hartarse de carne humana”.

 
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