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Mayo 2004



Álbum de fotos

Por Bernardo Guerrero

En cada casa hay uno o más de uno. Con la Zona Franca -Zofri- se masificaron. Los hay de todos los tamaños y precios. En él, en el álbum, cabe el pasado de una familia. Allí están las fotos como resistiendo el paso del tiempo. El abuelo con paltó y corbata una tarde de verano en la Poza de los Caballos, o en la llamada Poza de los Caballos, playas populares de este Iquique tan querido. Arrodilladas o en cuclillas sus nietos miran el lente de ese fotógrafo de cajón que bien pudo haber sido don Hipólito Vera.

Antes de la masificación de los álbumes que trajo la Zofri, las fotos se guardaban en cajas de zapatos, o bien en bolsas plásticas que se sellaban con un elástico. Su destino era un rincón del viejo ropero o bien en un cajón de la cómoda compartiendo su existencia con chalequinas y calcetines. De tarde en tarde, sobre todo en los inviernos locales, se revisan como para ver si falta uno, o bien para constatar como los años han transformado en adulto al niño que montaba un caballo de madera. Detrás de cada una de esas fotos, un nombre, una fecha escrita con lápiz de grafito y con la caligrafía que los viejos profesores normalistas enseñaban.

Los álbumes de fotos son el tesoro mejor guardado de las familias. Y es así porque constituye el mejor reservorio de la memoria e identidad del clan familiar. En la época de la crisis iquiqueña, sacarse una foto era un lujo. Algo que sólo algunos se podían dar el gusto de posar frente a esas máquinas enormes. La foto detenía el tiempo. Y en una especie de 1,2,3 momia, la sociabilidad quedaba petrificada para siempre. Allí están las fotos del matrimonio de la hija o de la sobrina, de la primera comunión o aquella de fin de año, en la que el curso entero posaba para la eternidad.

La Zofri no sólo trajo los vehículos japoneses, los electrodomésticos, los relojes de pulsera marca Cornavín, los saca cuescos de aceitunas, las poleras coreanas, los inciensos de la India, sino que también la polaroid y después las máquinas para filmar. Iquique y su gente está perpetuada, en la playa o bien bailando en ese ancho mapa donde habita el placer. Lo que antes era el patrimonio de unos pocos, se convirtió en una bien casi de todos. Pero, significó también la desaparición del viejo oficio del fotógrafo. Cuando murió don Hipólito Vera, murió también ese arte que, en cajón, capturaba un estado de ánimo y lo devolvía impreso en blanco y negro.

La polaroid nos convirtió a todos en fotógrafos. Sólo bastaba obturar y la magia hacia el resto. Pero tuvo corta vida. Por ahí, en el Terminal Agropecuario, aún puede encontrarse, como reliquia de la revolución fotográfica que produjeron los asiáticos, rastros de su belleza.

A la Polaroid, hay que entenderla, sin embargo, como un transición, como un paso para la filmadora. Una décadas más, estos registros fílmicos serán apetecidos por los coleccionistas.

Debiéramos organizar una exposición de los álbumes familiares. Sería un homenaje a la vida cotidiana. Sería como construir un gran espejo donde todos nos reencontramos con nuestro mejor pasado. Porque está claro, nos sacamos fotos sólo cuando estamos felices. O bien cuando creemos estarlo.

 
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