El Embajador de Chile en Estados Unidos, Mariano Fernández, Doris Atkinson y la Ministra de Cultura, Paulina Urrutia, durante la ceremonia de entrega de la "Orden al Mérito Bernardo O' Higgins".
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Elvira Santa Cruz Ossa.
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Hacia la completación de la poesía de Gabriela Mistral (continuación)

 

Aunque Elizabeth me había advertido que la cantidad era apabullante, al verla apilada en el exiguo departamento-oficina de Doris Atkinson quedé atónito. El berenjenal de cajas, archivadores, libros y álbumes repletaba un cuarto en el que había que moverse tal como Carter en la tumba de Tutankamón. ¿Por dónde empezar? ¿Qué sistema preferir? Doris me fue trayendo las cajas en que ya había detectado manuscritos de poemas. "No sé tu idioma, pero me doy cuenta cuándo es prosa o es poesía, por la forma de las frases". Con Carmen Bullemore, mi señora, fuimos examinando hoja por hoja para hacer dos grupos, uno de éditos y otro de inéditos. "¿Y cómo sabes que algo no está editado", preguntaba Doris. "Si yo no lo conozco, es que está inédito", yo contestaba.

Tardamos nueve días en revisarlo todo. Faenábamos de 9 a 9, almorzando sentados en el suelo el "lunch" que habíamos encargado a Doris. La primera vez, cuando nos preguntó qué se nos antojaba, le contesté en broma: "Caviar y champaña". Volvió con ellos. Gabriela Mistral se debe haber reído con nosotros.

Ella estaba ahí. Por doquiera. La oíamos recitándose. La veíamos en fotos desconocidas. Topábamos lo que había subrayado con lápiz azul en el Canto General o en la Biblia. Palpábamos un broche, un remedio, una caja con tierra de Elqui. Descubríamos tal caudal de poemas mientras Elizabeth escaneaba tal río de documentos, que nos preguntábamos "¿y cuándo dormía esta señora?".

Ignorando su tiraje mensual, y aun más su producción cotidiana, acá se la creyó una "atornillada" al Cuerpo Diplomático, remolona pero viajataria. Y resulta que esta supuesta perezosa era una trabajólica verbal, con un despacho diario de por lo menos 6 cartas, después de haber escrito creativamente, en prosa o en verso. Toda la mañana en eso. Luego siesta. Y a la tarde, estudio: lectura comentada y sintetizada. Además dándose tiempo para recibir la romería de visitas, oírlas y prodigarles su conversación. Tuvo Doris Dana la buena ocurrencia de grabar algunas, sin que ella lo supiera, y así se nos derritió el bronce tonto de las versiones simplistas que la mostraban como una estatua olímpica. A ella que era sencilla, cómica y tierna.

Vuelto a Chile, al ir leyendo los poemas inéditos comenzó la revelación de filones ignorados de su poesía: preocupación por la guerra y las guerras; identificación con próceres, héroes y víctimas; inmersión en lo indio primitivo del Brasil. Y quizás cuántas otras vetas que aun no he leído…
 
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