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Octubre 2005
 

Francisco Javier Rosales Larraín

El "afrancesador" de Chile

Nadie hizo más, en los primeros años de la República, por colocar al país en la órbita de la cultura francesa. Instalado en París, viviendo a lo grande, estaba en la mejor posición. Lo que no sabíamos, era el origen de su fortuna.

Por Miguel Laborde

Culto y buenmozo, galante y sociable, Francisco Javier Rosales Larraín ya vivía en Europa cuando el gobierno lo escogió como diplomático. Pronto quedó a la vista lo acertado de la elección, porque todas las puertas se le abrían. Se le encarga que la Santa Sede reconozca nuestra Independencia, así como el emperador austríaco en Viena, y también finiquitar los términos de nuestra deuda pública en Londres.

Francisco Javier Rosales Larraín, retrato de Gil de Castro.

Como en cualquier sociedad, los contactos se hacen más fáciles cuando hay una fortuna personal que permite asistir a los grandes espectáculos, a los lugares de moda para las vacaciones, viajar con frecuencia y vivir en una mansión palaciega invitando a banquetes por todo lo alto. Y Rosales, que llegó a ser considerado el mejor diplomático americano en Europa por esos años, tenía esa fortuna.

Desconocíamos su fuente - su familia no era tan adinerada -, hasta que un lector, Mario Rencoret, nos hizo llegar un texto que aclara su origen. Rosales, un rompecorazones, coqueteaba sin llegar a mayores. Las enamoradas se sucedían, una tras otra, entre ellas una joven noble que, por él, rompió su noviazgo con el hijo de un gran banquero pariente de la emperatriz Eugenia.

El despechado no perdió el ánimo. Fue a visitar a Rosales y le explicó que su amor iba en serio, que ella era la mujer de su vida, que no quería perderla sin motivo; adivinaba que Rosales no la pretendía con intenciones de formalizar nada. El diplomático chileno, impresionado, le prometió dejar de verla. Por supuesto, se ganó el eterno agradecimiento del joven que, al tiempo, se casó con ella.

Unos meses después se encontraron los dos. Hablando de una cosa y otra, Rosales, sin querer o queriendo, le comentó que lamentaba no tener el capital para invertir en unas acciones que, de fijo, subirían mucho y rápido. Al día siguiente recibió un préstamo por lo que necesitaba. Bien informado, Rosales siguió ganando y ganando, lo que explica el nivel que tuvo su embajada de Chile en París.
 
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