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Marzo 2009
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El diablo en el cuerpo y en el alma de Chile

 

Por Darío Oses

El Demonio entra en el mundo occidental en el siglo XII. Desde entonces y hasta el siglo XV se consolida y difunde el mito del soberano del mal que reina en un inframundo infernal y en el cuerpo y el alma de los pecadores. La idea cristiana del Diablo tiende a folclorizarse con elementos paganos, como el dios celta Cernuno, de la fertilidad, la caza y del otro mundo, o el gran dios carnudo, de las brujas.

Como lo indica Robert Muchembled, el Diablo medieval, a pesar de sus poderes, no siempre tenía la última palabra: “Burlado, vencido, engañado, tranquilizaba a aquellos que lo ponían de esta manera en escena. El tema del demonio dominado por el hombre era un antídoto poderoso contra la angustia”. Así, junto con la imagen terrorífica de Satán surgen creencias y prácticas que tienden a desdramatizar esa imagen y afirman la posibilidad de evitar sus maldades y hasta de obtener su ayuda. En la poesía y los cuentos populares de la Edad Media, aparecen simples mortales que con valentía y astucia consiguen imponerse sobre el Demonio.

Si en el Concilio de Nicea, de 787, se afirma que ángeles y demonios tienen cuerpos sutiles, de la naturaleza del aire y del fuego, y en el de Letrán se establece que son criaturas puramente espirituales, poco a poco el demonio y su corte de ángeles perversos van adquiriendo corporeidad, tanto como para seducir a los seres vivos. Consta condición corporal, por otro lado, Satanás quedó expuesto a que el hombre lo vapuleara.

Todas estas características del Diablo, así como las relaciones entre el hombre y Lucifer reaparecen en la América hispana, donde llega junto con los conquistadores. Aquí, la figura del Demonio se va escindiendo en un Satanás teológico, terrorífico y oficial y otro popular, que muestra debilidades humanas.

Los nombres y las formas

El pueblo chileno le ha puesto al Diablo muchos nombres, gran parte de los cuales aluden a su condición maléfica o a los aspectos más notorios de sus representaciones físicas. Vicuña Cifuentes registra algunos de estos nombres: Demonio, Malo, Maldito, Condenado, el Enemigo, el Enemigo Malo, el Maligno, el Matoco, Mandinga, el Patas Verdes, el Perverso, el Cojuelo, el Cachudo, el Malvado y el Tapatarros. Oreste Plath agrega otros cuantos: Lucifer, Satanás, Diantre, Azufrado, Cachudo, Catete, Colulo, Caifás, Cachos de Palo, Cola de Ballico, Cuco, Chambeco, Demontre, Demonche, Diacho, Destalonado, Enemigo capital, Empelotado, Faramalla, Garrúo, Grandote, Lucifer, Matoco, Mentao, Patas verdes, Patetas, Patillas, Pedro Botero, Rey de los infiernos, Pachucho, Satán, Siete Pecheras, Señor de las Tinieblas, Siete cruces, Tiznado, Tentación. Maximiliano Salinas aporta otros nombres vinculados con la inexpresividad y el mutismo del Diablo: El Discreto, El Silencioso.

Uno de los poderes del Diablo es el del transformismo, cosa de la que se sirve para engañar al hombre. En efecto el diablo puede adoptar cualquier forma, incluso la de un buen cristiano y hasta la de un cura. Hay ciertas claves para reconocerlo, como su diente de oro. Una conseja cuenta que a un cura le llevaron un niño para que lo bautizara. Se dio cuenta a tiempo de que era el diablo porque le vio la señal del diente dorado.

Manuel Dannemann alude a la multiplicidad de formas con las que el Demonio se presenta en nuestro folclore, desde la de un niño de pocos meses que muestra uñas demasiado largas y un precoz desarrollo de su dentadura completa, “hasta un caballero maduro, vestido severamente de luto”, que se moviliza en un coche negro tirado por cuatro caballos.

Se lo describe también apareciendo de noche sobre un carro de fuego, arrastrado por caballos fosforescentes que botan chispas por las narices. Otras veces es más discreto y se aparece como un jinete al que sólo puede reconocerse porque calza sólo una espuela. En la noche se mueve con soltura, pero al amanecer, con el primer canto del gallo, se escapa.

Dannemann enumera las representaciones zoomórficas de Satán: “aparece como chivato, o perro, o serpiente”. En los cuentos folclóricos maravillosos se presenta todo rojo y con cuernos y rabo.

 
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