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Ignacio Balcells
El poeta de la mar

 

La reciente muerte del arquitecto Ignacio Balcells, "el poeta de Quintay", nos deja sin el mejor vigía del litoral central. Autor del libro más completo y notable de nuestras costas, "La Mar", no dejó de otear el océano y de recordarnos que somos oceánicos. Este verano nos hará falta.

Miguel Laborde
En la niñez de La Serena se acostumbró a mirarlo, el azul océano. Luego, tras estudiar filosofía y arquitectura -en Viña del Mar- , fue poeta residente de Ritoque y profesor de la Escuela de Arquitectura de Universidad Católica de Valparaíso: allí fue uno de los habitantes de la Ciudad Abierta, por nueve años.

No es casual que su obra mayor se llame "La Mar" (Editorial Andrés Bello, 2001). Quebrantado por la muerte de un hijo, que se ahogó, partió al norte y se vino costeando, meses y meses de viaje solitario, leyendo y escribiendo, mirando el mar desde cada promontorio, hasta terminar en Chiloé. Ese libro es único en nuestra historia, ese recorrido de puro bordemar, más de 500 páginas de su diario regalándolos la más completa visión que se haya escrito de nuestras costas.

Nacido en 1945, murió joven. Los pescadores de Quintay, localidad a la que dedicó el también bellísimo libro "El tiempo en la costa" (Editorial Andrés Bello, 1996) no podían creerlo. Con su casa, en una puntilla que le daba la vista de la ballenera y la caleta por un lado, y de la playa por otra, ya se habían acostumbrado a ver su luz encendida en las noches, guiando su retorno.

Es uno de los que puso a Ritoque en el mapa. Uno de los profesores de arquitectura que fundó ahí esa Ciudad Abierta pensada para explorar el interior de Chile y de América, uno de los que viajó en las travesías para educar el ojo y redescubrir América. Muchos arquitectos salieron de ahí transformados, tocados por esa visión que ha llamado la atención de muchas revistas extranjeras.
Él hacía soñar con el mar. Barcos, singladuras... En sus palabras, soñar con "los horizontes vacantes, la eminencia del cielo, el ascendiente del abismo".

Vagaba por los muelles, buscaba los bares de los marinos. Era feliz en Ritoque, junto al sonoro oleaje, en una playa larga, en una gradería de dunas vírgenes, en una meseta bordeada de eucaliptus, con su mujer, la escritora Jacqueline Balcells, y sus tres hijos. Para construir una ciudad nueva junto al mar. Su hijo, de seis años, se ahogó en el estero. Para su consuelo, pobre consuelo, no fue en el mar. La ciudad tendría que tener cementerio, ya no podría ser olvidada.
 
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