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Enero 2003
Turismo Cultural: Vivir en Chile


Por Paula Fiamma

Aún se encuentra vigente la noción de que los destinos turísticos chilenos se destacan por la monumentalidad de sus paisajes y que es ese el principal gancho para captar turistas extranjeros. En los paraderos de las micros, en las estaciones del metro y en las calles podemos apreciar grandes paletas publicitarias que invitan a los chilenos a visitar su país, poniendo énfasis en ensoñadores parajes que no tienen nada que envidiar a los que hay en el trópico, en el desierto africano o en las montañas suizas. Sin desmerecer este esfuerzo, valorable por llamar la atención de los chilenos hacia los encantos de su propia tierra y por ende, por fomentar el turismo dentro de nuestro país, consideramos que aún se necesita tomar conciencia del valor cultural de numerosos lugares.

Es por eso que contamos con la sección Turismo Cultural, en donde se ofrecen recorridos turísticos atractivos por la historia, significado y ejemplo de vida que encierran. Muchos de esos lugares comprenden un paraje ensoñador necesario para descansar y tomar una pausa, a la vez que son una cálida muestra de la capacidad del ser humano para sobrevivir en condiciones climáticas extremas -como es el caso del desierto o de la Patagonia chilena- y para generar una cultura propia, rica y única en el planeta.

No nos podemos imaginar a Chiloé sin sus iglesias y sin el fervor de su gente. No podemos pensar en el desierto sin recordar las imágenes de oficinas salitreras, como Humberstone. Y para invitar al valle central necesariamente evocamos un buen pebre cuchareado con pan amasado o una trilla en un día asoleado.

Eso es lo que queremos rescatar al hablar de turismo cultural.

A través de estas notas y reportajes queremos que el sol queme, que la humedad del sur penetre en los huesos y que la naturaleza los maraville por su inmensidad. Al mismo tiempo, pretendemos que sientan el apretón de las manos gruesas de la gente que vive en Chile, el olor del pebre, el polvo y la paja levantados por los caballos en una trilla, la devoción de quienes levantaron los templos, el embrujamiento de quienes conducen las naves que circulan por lo hielos patagónicos, la alegría de los niños que chapotean en la Fuente Alemana en Santiago, el dolor de las rodillas al circular por las escaleras y recovecos de los cerros de Valparaíso y el orgullo de los habitantes de la Isla de Pascua por sus moais.

Los invitarlos a hacer turismo cultural en Chile, una invitación que para ser efectiva debe conjugarse con el verbo: vivir... en Chile.

 
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