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Septiembre 2004

Lágrimas negras por los niños de Osetia:


Con Beslan en el corazón


El mundo del patrimonio también tiene algo que decir ante la tragedia de niños muertos en su primer día de clases en Osetia del Norte.


Por Cecilia García-Huidobro

Nuestra rutina cotidiana quedó detenida, ante el anuncio de toma de rehenes en una escuela de Osetia del Norte. Los eternos días de cautiverio nos hacían presagiar una tragedia, pero nada podía prepararnos para las impactantes imágenes que recorrieron el mundo y nos convirtieron en testigos directos de un descarnado horror.

Después de la caída del Muro de Berlin, surgió un soplo de esperanza que nos hacía soñar que, al fin del milenio, parecía que habíamos subido un peldaño en la escala de la civilización y que el entendimiento entre seres humanos era posible, sin un arma en la mano. Pero, a muy poco andar, la guerra de los Balcanes, con campos de concentración, violaciones sistemáticas y masacres ocurridas en el patio trasero de Europa, los millones de muertos en Ruanda, el bombardeo de Bagdad y el verdadero barrido de Afganistán nos han dejado muy claro que, del mazo a la bomba atómica, lo único que ha variado es la tecnología, pero no las intenciones.

Reconozco, sin embargo, que no estaba preparada para este matiz del horror: un ataque calculado y organizado para torturar y matar niños, durante su primer día de clases, para llamar la atención sobre materias políticas. Todas las madres sentimos, de algún modo, que pudimos haber estado afuera de la escuela, esperando a que nuestros hijos salieran vivos.

La pregunta es cómo la intensificación del odio puede llegar a un grado tal que fríamente pueda planificarse un acto así. Y la respuesta debe buscarse, justamente, en lo que define al patrimonio y lo dota de significado: el sentido de pertenencia. Cada uno de estos grupos terroristas, dispuestos también a dar la vida, se caracterizan por estar en un estado de alienación, de "otro" que sí mismo, de alteridad, que gatilla mecanismos neuro-biológicos que borran todo sentimiento de compasión, caridad y solidaridad.

El no sentirse parte de un proyecto, sea político, social, cultural o religioso, genera tendencias disociativas que pueden manifestarse en delincuencia, drogadicción, vandalismo y, en casos extremos, terrorismo. El sentido de pertenencia se busca, entonces, en los grupos que operan en el margen, que pululan por los bordes y hacen de la violencia una forma de vida. Sin embargo, las políticas públicas, en el caso de Chile y en muchos lugares del mundo, apuntan a aumentar las penas de cárcel, a reducir las edades de los procesados imputables y a construir más cárceles y "centros de rehablitación" para menores como la solución para protegerse de la delincuencia. Podemos predecir que se está gestando un semillero de niños y jóvenes que caminan por los senderos de la exclusión.

El mundo del patrimonio, con su especial sensibilidad por las raíces, la memoria y la identidad tiene mucho que decir y, más bien, que hacer. Toda restauración, conservación o puesta en valor de manifestaciones patrimoniales quedan anuladas si no logramos que ayuden a que las personas sean más felices y plenas. Nuestra verdadera misión apunta a esa connotación, ya que, finalmente, la problemática identitaria tiene que ver con aspectos afectivos y no intelectuales.

Finalmente, lo que sustenta el patrimonio es un acervo valórico y moral. Ese conjunto de valores está encarnado en las generaciones jóvenes que deberán relevarnos. La infancia es un diamante en bruto que toda sociedad debe pulir para que brille cuando alcance la madurez. Preguntémonos, entonces, y sin eufemismos, cómo estamos cuidando a nuestros niños, cómo los estamos protegiendo, qué oportunidades les estamos dando y, sobre todo, cómo les estamos brindando un sentido a su existencia.

Los niños de Beslan representan a toda esa infancia indefensa expuesta a los vaivenes y pulsiones destructivas de quienes están llamados a protegerlos. En sus caritas deformadas por el miedo, las heridas o el fuego aparecen las miradas de los niños que viven en los puentes, las víctimas de maltrato y abuso sexual, de agresiones familiares, de explotación laboral, los confinados en centros de rehabilitación y hogares de menores, víctimas de la indiferencia y la negligencia. Esos niños son legión y construirán o destruirán de acuerdo a lo que hayan recibido.

 
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