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Junio 2003

El ferrocarril y sus símbolos (continuación)
 

El tren de los curados

Los trenes se convirtieron así en símbolos del viaje y la aventura. El viaje es también metáfora de la vida: un recorrido que parte desde un punto y va pasando por distintas estaciones hasta llegar a su destino final. Y la vida bullía en los trenes. En los buses, autos y aviones, no hay mucho espacio para vivir. En el tren, en cambio, la vida seguía su curso, junto con el viaje.

Neruda describe lo que él mismo llama "toda una vida" que transcurría en un vagón de tercera, en el que viajaban "campesinos de ponchos mojados y canastos con gallinas", y "taciturnos mapuches": "Eran numerosos los que viajaban sin pagar, bajo los asientos. Al aparecer el inspector se producía una metamorfosis. Muchos desaparecían y algunos se ocultaban debajo de un poncho sobre el cual de inmediato dos pasajeros fingían jugar a las cartas...".

En su libro Los trenes van al purgatorio, Hernán Rivera Letelier relata el viaje de tres días con sus noches del Longino, el tren que partía desde La Calera para llegar a Iquique. En este viaje la vida bullía, había amores, nacimientos, muertes, timbas, banquetes, borracheras y un surtido de historias y leyendas.

Han quedado en el recuerdo también los llamados "trenes de los curados". Eran los últimos trenes de la noche. Uno de ellos partía desde Valparaíso e iba dejando a los borrachos en los pueblos intermedios entre el puerto y Santiago. Otro venía desde el sur.

Hernán Castellano en su notable novela Calducho, en la que reconstruye el Chile de los años 40 y 50, dedica un capítulo al Tren de los Curados. Recuerda que éste podía pasar en cualquier momento, desde su horario regular, a las 10 de la noche, hasta cualquier hora de la madrugada y aún de la mañana siguiente: "Las causas eran infinitas: faenas o desperfectos en la vía, o también algún borracho que se caía entre los vagones y era reducido a picadillo mientras los pasajeros tiraban frenéticamente del cordoncillo de la alarma hasta que el convoy paraba". A veces, nadie se daba cuenta de la caída, entonces el tren descuartizaba igual a la víctima y seguía su camino "a menos que fuese un hombronazo excepcionalmente corpulento como un tal Guatón Gamboa, de Teno, enorme ropero de tres cuerpos que provocó un descarrillamiento entre Paine y Hospital".

Castellano cuenta como siendo niño subió con su padre a este tren, y recorrieron los vagones buscando aquel en el que hubiera menos beodos. Así fueron a dar a un asiento, frente a un huaso que llevaba una damajuana para su consumo personal, y comía un cerro de prietas, en un lavatorio de fierro enlozado, "y esa montaña de sangre curada con aliños de la picantería y el vigor cebollil empezó a balancearse peligrosamente amenazando los pantalones de gabardina de mi padre", recuerda el autor.

Por último, el tren ha llegado a tener algo de fantasmal, símbolo de la modernidad fabril ya superada, de maquinarias pesadas, de enormes usinas, de maestranzas abandonadas, como la de San Bernando, que llegó a ocupar 47 hectáreas. El tren y su camino lineal, su itinerario fijo, su integración de carros ordenados tras la locomotora ha dado paso al movimiento caótico de la carretera, donde los vehículos pugnan por adelantarse unos a otros, en una enloquecida carrera hacia ninguna parte.

- El sueño de Balmaceda
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