Hay cierta
afinidad entre el 1° y el 21 de mayo, los dos
festivos que nos regala este mes. La Guerra del
Pacífico no sólo produjo el salto
heroico con que Prat abordó al Huáscar.
También gatilló otro salto: el del
inquilino que tiró las hojotas y se puso
los bototos de trabajador independiente, que se
organizó en sindicatos, construyó
una identidad y una cultura propias, y se convirtió
en un actor importante de la política nacional.
Por Darío Oses
Los soldados y marinos
que lucharon en la Guerra del Pacífico, se
reclutaron mayoritariamente del campo, y su aporte
a la victoria les dio el sentido de protagonismo,
dignidad y autoestima que rara vez habían
alcanzado en su condición de inquilinos.
Pero además, la industria del salitre generó
no sólo una demanda importante de mano de
obra en las provincias del norte, sino impulsó
una cantidad de actividades económicas como
la construcción, los ferrocarriles, las obras
portuarias, las empresas fabriles, comerciales,
bancarias y de transporte marítimo, y la
producción de combustibles, especialmente
el carbón.
La fuerza laboral para estas
nuevas tareas vino principalmente de los fundos.
Fue así como miles de hombres dejaron el
campo. Al hacerlo renunciaban a una forma ancestral
de vida, en la que el inquilino vivía y
moría atado a la tierra, no recibía
salario, sino una casa y un pedazo de suelo, y
debía sumisión y reverencia al patrón.
La hacienda había sido por mucho tiempo
el núcleo de la economía agrícola,
y además la columna vertebral de la política
y la sociedad de un país eminentemente
rural.
Luego de terminada la Guerra del Pacífico,
comienza a aumentar las población urbana
en detrimento de la rural. Los terratenientes
se alarmaron. Llegaron a decir que el campo se
estaba despoblando. Pero ni siquiera estas masivas
migraciones de campesinos a las ciudades, bastaba
para cubrir la demanda de las nuevas actividades
de una economía en auge. Por esto se implementó
un programa de inmigración selectiva de
trabajadores europeos, con alta calificación.
Entre 1895 y 1912 llegaron a Chile más
de 30.000 obreros procedentes de las regiones
pobres de España e Italia. Lo que no previeron
los creadores de este plan, fue que estos hombres
traerían las ideas anarquistas y socialistas
de las que se nutriría el naciente movimiento
laboral del país.
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