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Agosto 2002

Nostalgia:


Días y noches de radio
Por Darío Oses

En las casas y los departamentos de hoy, cada vez más repletos de pantallas de televisores, videos y computadores, con imágenes digitalizadas y de alta resolución, ya no queda ni el recuerdo de las noches en que, en la penumbra del living iluminado sólo por el verdoso "ojo mágico" de la radio, conteníamos el resuello para escuchar los radioteatros del terror.

La voz de Juan Marino, representando al siniestro Doctor Mortis, contaba historias de ultratumba, con ruidos incidentales diversos: bisagras que chirriaban cuando se abría el ataúd, aullido de lobos, un galope solitario y el silbido del viento en medio de la noche, todo rematado por la carcajada espeluznante del relator.

Otros programas radiales clásicos de terror, fueron La tercera oreja, y Lo que cuenta el viento, este último hecho con leyendas tradicionales del campo chileno. Me parece que ninguna de las películas de la serie Pesadilla, podría producir la atmósfera terrorífica de esos programas que hacían que cada radioescucha llenara la oscuridad con sus propias fantasías. A los niños muchas veces les prohibían esos programas, porque después costaba hacerlos dormir. Es que adivinaban que en sus sueños estarían esperándolos los monstruos y los esperpentos que salían de la radio.

La radio del tiempo anterior a la irrupción de la TV era distinta de la de ahora. Ésta, la que tenemos hoy, es una radio para gente que ve televisión y que vive en un mundo saturado de imágenes. La de antes era para los que sólo veían el paisaje enmarcado en la ventana o la calle que transcurría al paso de la Citroneta o de la micro. La radio nos sumía en la intimidad casera, en un mundo puertas adentro. La televisión, son su poderosa estimulación multisensorial, abre puertas, incita a salir al mundo, a imitar a sus ídolos eufóricos, energéticos, que no se pierden ni una.

El tránsito a la TV

En aquellos días había radioteatros para todos los gustos. Desde los color de rosa, como Romances de Atardecer, hasta los policiales como El Comisario Nugguett, que al cambiar de auspiciador se convirtió en El inspector Gillette, y que hacía Agustín Siré, una de las grandes figuras del teatro nacional. No faltaban los programas humorísticos. El más célebre fue Radiotanda que consagró a algunos personajes tipos, como la Desideria, la empleada doméstica, encarnada por Anita González, que llegó incluso al cine. Lacón, una marca de detergente, aprovechó esta popularidad para sacar el slogan: "Lacón lavando, la Desideria descansando".

Alberto Blest Gana autor de Martín Rivas. La comedia familiar, tuvo varias versiones radiales: La familia chilena, de Gustavo Campaña, y Hogar, dulce hogar, de Eduardo de Calixto, entre otras, antes de pasar a la televisión, con programas como Los Venegas. Porque la radio fue, en buena medida, antecesora de la TV. Esto es evidente sobre todo en el tránsito del radioteatro a la telenovela. Los equipos técnicos y creativos de la radio fueron los que iniciaron la producción de teleseries. El más famoso libretista de melodramas radiales, Arturo Moya Grau, se convirtió en uno de los primeros guionistas del género en su versión televisiva.

Este traspaso de un medio a otro ocurrió también con los shows y los programas concurso.

 
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