Por
Darío Oses
En las casas y los departamentos de hoy, cada vez
más repletos de pantallas de televisores,
videos y computadores, con imágenes digitalizadas
y de alta resolución, ya no queda ni el recuerdo
de las noches en que, en la penumbra del living
iluminado sólo por el verdoso "ojo mágico"
de la radio, conteníamos el resuello para
escuchar los radioteatros del terror.
La voz de Juan Marino, representando
al siniestro Doctor Mortis, contaba historias
de ultratumba, con ruidos incidentales diversos:
bisagras que chirriaban cuando se abría
el ataúd, aullido de lobos, un galope solitario
y el silbido del viento en medio de la noche,
todo rematado por la carcajada espeluznante del
relator.
Otros programas radiales clásicos
de terror, fueron La tercera oreja, y Lo que cuenta
el viento, este último hecho con leyendas
tradicionales del campo chileno. Me parece que
ninguna de las películas de la serie Pesadilla,
podría producir la atmósfera terrorífica
de esos programas que hacían que cada radioescucha
llenara la oscuridad con sus propias fantasías.
A los niños muchas veces les prohibían
esos programas, porque después costaba
hacerlos dormir. Es que adivinaban que en sus
sueños estarían esperándolos
los monstruos y los esperpentos que salían
de la radio.
La radio del tiempo anterior
a la irrupción de la TV era distinta de
la de ahora. Ésta, la que tenemos hoy,
es una radio para gente que ve televisión
y que vive en un mundo saturado de imágenes.
La de antes era para los que sólo veían
el paisaje enmarcado en la ventana o la calle
que transcurría al paso de la Citroneta
o de la micro. La radio nos sumía en la
intimidad casera, en un mundo puertas adentro.
La televisión, son su poderosa estimulación
multisensorial, abre puertas, incita a salir al
mundo, a imitar a sus ídolos eufóricos,
energéticos, que no se pierden ni una.
El tránsito a la TV
En aquellos días había
radioteatros para todos los gustos. Desde los
color de rosa, como Romances de Atardecer, hasta
los policiales como El Comisario Nugguett, que
al cambiar de auspiciador se convirtió
en El inspector Gillette, y que hacía Agustín
Siré, una de las grandes figuras del teatro
nacional. No faltaban los programas humorísticos.
El más célebre fue Radiotanda que
consagró a algunos personajes tipos, como
la Desideria, la empleada doméstica, encarnada
por Anita González, que llegó incluso
al cine. Lacón, una marca de detergente,
aprovechó esta popularidad para sacar el
slogan: "Lacón lavando, la Desideria
descansando".
Alberto Blest Gana autor de
Martín Rivas. La comedia familiar, tuvo
varias versiones radiales: La familia chilena,
de Gustavo Campaña, y Hogar, dulce hogar,
de Eduardo de Calixto, entre otras, antes de pasar
a la televisión, con programas como Los
Venegas. Porque la radio fue, en buena medida,
antecesora de la TV. Esto es evidente sobre todo
en el tránsito del radioteatro a la telenovela.
Los equipos técnicos y creativos de la
radio fueron los que iniciaron la producción
de teleseries. El más famoso libretista
de melodramas radiales, Arturo Moya Grau, se convirtió
en uno de los primeros guionistas del género
en su versión televisiva.
Este traspaso de un medio
a otro ocurrió también con los shows
y los programas concurso.
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