Por
Darío Oses
En este diciembre otra vez dirán que el viejo
pascuero es el invento publicitario de una gaseosa,
que el pino pascual es europeo, que la motas de
algodón son un remedo de la nieve, etc. Para
no reiterar las protestas contra la globalización
de la Navidad, por qué no recordar el tiempo
en que la Pascua era tan criolla, que se celebraba
con fondas y cuecas, igual que las fiestas patrias.
Al evocar las navidades de
su infancia, a fines del siglo XIX, el cronista
Eduardo Balmaceda Valdés, decía
que todo era tan chilenísimo y original,
que en sus muchas andanzas por el mundo nunca
vio nada parecido.
Loza perfumada y manteles voladores
"La Alameda se
llenaba por esos días, desde la calle Bascuñán
Guerrero hasta la de Estado, de fondas que se
engalanaban con rondas de papel picado, gallardetes
con los colores nacionales y farolas chinescas",
recuerda Balmaceda. En estas fondas había
mesitas con manteles de papel que a veces, con
la brisa vespertina, se desprendían como
volantines y "quedaban atrapados entre las
piernas o brazos de las estatuas de nuestros héroes
o en las patas de sus caballos", agrega el
cronista.
En los puestos se ofrecía
la loza perfumada, la alfarería de "Las
Monjas" o "de Talagante". Decían
que estas piezas -hoy inencontrables- eran fabricadas
por unas brujas que las bañaban en una
infusión, gracias a la cual, por la noche,
exhalaban perfumes de Arabia.
En la calle el bordonear de
las guitarras, se alternaba con las estridencias
de algún gramófono a cuerda, que
por su bocina de caucho reproducía los
viejos discos de tenores italianos y el vals Sobre
las olas.
"Rarísima
era la casa en que se armaba un árbol de
pascua -recuerda Balmaceda-; en general los veíamos
en residencias de familias extranjeras
Los
niños chilenos sólo poníamos
los zapatos al pie de nuestras camas
El
actual intercambio de chucherías a veces
de tremenda insignificancia, hoy tan común
entre los grandes, no existía en los tiempos
de nuestra niñez
".
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