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Espacios para celebrar la vida

Bares, restaurantes y cafés
 

Por Darío Oses

Buena parte de la sociabilidad chilena se ha desarrollado puertas afuera del domicilio, en bares y restaurantes. Política, seducción, negocios, bohemia literaria, conversaciones regadas, celebraciones de esto y lo otro, almuerzos y comidas con sobremesas interminables, juegos de cartas, cacho y dominó, proclamaciones de candidaturas, han transcurrido en estos espacios acogedores, resguardados de las exigencias del mundo cotidiano. Son los lugares donde el cliente es rey o por lo menos donde queda amparado por la complicidad de mozos y maitres.

Aquellos restaurantes con sucesivos salones, algunos con pérgolas y parrones, con lugares privados a los que se conocía como "reservados", acogieron a los parroquianos de una época en que se disponía de un tiempo casi ilimitado para la conversación, y en que no tenían sentido los almuerzos rápidos y dietéticos que hoy se usan.

Parientes cercanos de los restaurantes fueron los clubes de estilo inglés, exclusivos para hombres, como el famoso Club de la Reforma, al que pertenecía Philleas Fogg, el millonario de La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne. En Chile también existieron estos clubes. Durante buena parte del siglo XIX fueron centro de discusión de doctrinas e ideas, dotados de bibliotecas tan buenas como sus bares y comedores. Pero en la época de la especulación y la "plata fácil" del salitre terminaron por convertirse en lugares donde la especulación se practicaba con la misma soltura que los juegos de cartas. Bernardo Subercaseaux describe esta subcultura masculina del club, donde los contertulios pasaban buena parte del día y de la noche. Ahí almorzaban, cenaban y jugaban hasta la madrugada.

Menos absorbentes eran los cafés del Santiago decimonónico, donde los comensales acudían a escuchar lo que hoy llamamos "música en vivo" . En ese tiempo, anterior al fonógrafo, no existía por lo demás, ninguna posibilidad de ofrecer música envasada. Los géneros musicales de moda en esa época eran las habaneras, el cuplé, el vals, el chotitz. Manuel Peña describe el famoso "Café de la Baranda" que se inaugura en 1831. Estaba cerca de la Plaza de Armas, en la calle Monjitas. Ahí se hacía música con arpa, guitarra y atipladas voces cantantes.


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