Catalina de Erauso.
 
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Dos catitas y una Inés:

Mujeres míticas y heroicas (continuación)
 

Luego de vivir en un convento de aquella ciudad, Catalina partió de regreso a Europa, a Roma donde obtuvo la indulgencia del Papa Bonifacio VIII. Hacia 1630 viaja nuevamente a América. Esta vez su rastro se pierde en México, donde probablemente haya permanecido hasta su muerte.

Catalina de Erauso se las arregló para mantener oculta por mucho tiempo su identidad sexual, cosa que no ha de haber sido fácil en la vida de cuartel, y en los hospitales donde la atendieron cuando fue herida. Además de los rivales a los que debió enfrentar espada y daga en mano, y de las persecuciones de la Justicia, tuvo otro gran problema: debió huir de más de una mujer que se enamoró de ella, creyéndola un gallardo alférez. Se dice, además, que conservó por siempre intacta su virginidad.

Sus correrías quedaron registradas en una excelente aunque poco conocida novela de Carlos Keller: Memorias de la Monja alférez, en la que la misma Catalina le cuenta sus aventuras al perplejo obispo de Huamanga.

Popular en el siglo XIX fue La monja alférez, de José María de Heredia, que incluso fue traducida al francés con el título de La Nonne alferez.

La Mantis religiosa

Si en el Perú está la mítica Perricholi, amante del Virrey Amat; en Chile, en el período colonial, aparece una Mantis religiosa, es decir, la mujer que extermina a sus amantes, y ejerce todo tipo de crueldades con las personas que tiene a su disposición. En La Quintrala, tal vez el mito femenino más poderoso de nuestro país, confluyen el poder, la riqueza y las patologías del sadismo. Este personaje ha sido extensamente novelado, por Magdalena Petit, La Quintrala; Mercedes Valdivieso, Maldita yo entre las mujeres, y más recientemente por Gustavo Frías que le dedicó una trilogía de la que hasta ahora se ha publicado sólo el tomo primero. Se hizo también una miniserie televisiva, en que el papel de esta inquietante y perversa Cata lo interpretó Raquel Argandoña.

En el período de la independencia aparecen también algunas mujeres heroicas, como Paula Jaraquemada. Luego, en los siglos XIX y XX, el heroísmo femenino se desplaza a las mujeres que son pioneras en campos dominados absolutamente por los hombres, por ejemplo, las primeras mujeres que estudian Medicina, Eloísa Díaz y Ernestina Pérez; las impulsoras de la educación, como Amanda Labarca, o las grandes heroínas culturales, como Gabriela Mistral.

 
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