María Luisa Bombal.
 
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Febrero 2003

Las heridas del amor
 
Disparos en el Crillón

El desenlace de esta historia se produjo muchos años después, en enero de 1941. María Luisa estaba en Viña del Mar, cuando vio en un diario la noticia del regreso a Chile, desde los Estados Unidos, de Eulogio con su esposa. La imagen de la felicidad de ellos se la hace intolerable. Viaja a Santiago. La tarde del 27 de enero de 1941 entra al Hotel Crillón, donde pide un cointreau y escribe una carta para Eulogio, que no termina. Poco antes de las cinco abandona el Hotel. Por desgracia, en ese mismo momento, él va saliendo de un edificio. Ella lo sigue, lo llama, él no responde. Entonces ella saca del bolso una pistola y le dispara tres balazos. Se lo llevan en un taxi a la Asistencia, cuando le informan que la culpable fue María Luisa Bombal, Eulogio se muestra extrañado. "¡Pero si hace tantos años que no se de ella!" -dice.

Eulogio no se querelló e hizo lo posible para aminorar la culpa de María Luisa. Gracias a esto, y a los informes médicos que indican que actuó en un estado de privación de sus facultades mentales, la justicia la absuelve el 15 de julio de 1941, sentencia que aprueba la Corte de Apelaciones de Santiago, el 21 de octubre de mismo año.

Catorce años después, en el mismo hotel Crillón, otra escritora María Carolina Geel, sacaba su pequeña Browning para dispararle al cronista deportivo y funcionario de la Caja de Empleados Públicos y Periodistas, Roberto Pumarino Valenzuela. Éste había enviudado hacía sólo dos meses, pero decidió casarse con otra mujer en lugar de hacerlo con la escritora, que había sido su amante durante ocho años. María Carolina no le perdonó esta deslealtad y le vació en el cuerpo los cinco tiros del cargador. No tuvo tanta suerte como María Luisa. Pumarino murió dejando huérfano a un niño de 6 años. La autora de El mundo dormido de Yenia y Extraño Estío, fue condenada a prisión donde escribió la más exitosa de sus novelas, Cárcel de mujeres, que fue reeditada hace algún tiempo.

Venenos de amor

Ha habido otras mujeres de armas tomar en el historial amoroso chileno. Una de ellas fue Manuela Rebolledo y Pando, la esposa del arquitecto Joaquín Toesca, que proyectó el Palacio de la Moneda, entre otros edificios. Manuela era una mujer apasionada. Tuvo líos hasta con algún alumno del taller de arquitectura, que Toesca había instalado, con muy poco tino, en su propia casa. Para librarse del esposo y conociendo la debilidad de éste por los espárragos, Manuela se los dio envenenados. Toesca, sin embargo, se salvó de la muerte.

Según Augusto D´Halmar, el pintor Enrique Molina también fue envenenado por su esposa, Beatriz, una romana bellísima con la que se había casado en Roma, y de la que dejó un admirable retrato. D´Halmar anota que su matrimonio fue "un semillero de desventuras y desavenencias, pasando por peripecias dramáticas hasta culminar en la separación". Pero el pintor continuaba amando a su Beatriz y la cortejaba como a una novia. Aceptó una invitación a cenar, en la que fue envenenado. Se salvó a la primera, pero reincidió. Esta vez no pudo volver a su taller, y agonizó durante días, "semisecuestrado bajo la guarda cuidadosa de la temible Beatrice, de su sobrino carnal y un médico sindicados como sus amantes...". De esta forma, Molina murió prematuramente, a los 47 años. Tiempo después, Beatriz murió también envenenada.

 
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