Por
Darío Oses
Toda nación tiene sus mitos fundadores. Los
de Chile están en la epopeya de la conquista
de una tierra abrupta, movediza, aislada, pobretona
y para peor poblada de indios belicosos. Por estos
lados no brillaba el oro del rescate de Atahualpa,
ni la "plata fácil" de los grandes
yacimientos de México y el Perú.
Chile era un territorio
salvaje. Para llegar hasta el feraz valle central
había que pasar la prueba de atravesar
el desierto más seco del mundo. Al sur
estaban los mapuches que frenaron al imperio inca
y luego al español. Chile se convirtió
en frontera de guerra. La Araucana, el poema épico
de Alonso de Ercilla construyó el mito
de la nacionalidad chilena que se fragua en el
choque de dos pueblos belicosos. Francisco Antonio
Encina y Nicolás Palacios intentaron darle
un soporte científico a ese mito. Según
ellos, la guerra de Arauco habría operado
como una colador genético. Los europeos
que venían a Chile eran los más
aguerridos, viriles, esforzados y dispuestos al
sacrificio. Los otros, los flojos, los cómodos,
los burócratas, ganapanes e intrigantes
de palacio, se quedaban en el Virreinato de Lima.
Este mito ha construido buena
parte de nuestra identidad. El chileno se siente
un porfiado sobreviviente, que soporta estoicamente
los la adversidad, y levanta cabeza una y otra
vez, luego de los desastres naturales: inundaciones,
terremotos, incendios, epidemias, etc., y de las
catástrofes sociales, como las recesiones
económicas.
El ceniciento chileno
El gran mito de la era republicana
está en la novela Martín Rivas,
de Alberto Blest Gana. Martín, un provinciano
pobre, éticamente puro, inteligente y capaz,
llega a Santiago a estudiar leyes. Participa en
la revuelta de la Sociedad de la Igualdad contra
el gobierno conservador. Luego de ese acto propio
del romanticismo del siglo XIX, su idealismo cede
paso a la "cordura". Se casa con Leonor,
la hija del magnate Dámaso Encina, y se
dedica a administrar los negocios de su suegro.
Alberto Blest Gana autor de
Martín Rivas. Esta transformación
en la vida del personaje, refleja la transición
de la sociedad chilena, que luego de un período
de ensayos políticos, que algunos llaman
de anarquía, llega a la consolidación
del régimen portaliano, que es el imperio
de la cordura, la moderación, el realismo
político y el conservadurismo, con la consiguiente
desconfianza contra cualquier proyecto romántico
o utópico. Pero además, Martín
Rivas representa el paradigma del hombre que desde
un origen humilde, s encumbra socialmente gracias
a su talento y a la educación pública,
que fue el gran vehículo de movilidad social
durante los siglos XIX y XX, y que formó
a la clase media que alcanzaría una gravitación
política decisiva desde 1920 en adelante.Martín
Rivas es una especie de Ceniciento masculino.
Los chilenos tienden a admirar y a reconocerse
en estos jóvenes humildes que triunfan
o suben de pelo. Ahora último el deporte,
especialmente el fútbol, se ha convertido
en el vehículo más visible de ascenso
social.
Pero además, en Martín
Rivas, la sociedad chilena parece reconocer la
necesidad de cierto balance entre idealismo y
cordura, entre conservadurismo y liberalismo,
entre moderación y aventura, entre autoridad
y libertad.
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