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Los postulados pedagógicos de la Nobel chilena

Los dos oficios de Gabriela (continuación)
 

El santo apetito de la cultura

Roque Esteba Scarpa apunta que el variado ejercicio de la pedagogía en la capital y en diversas ciudades de provincia, y "su participación activa en una experimentación educacional que, sin desdeñar los niveles clásicos, iba hacia el indio y el hombre adulto y el niño de la aldea, la ponen en situación de privilegio para juzgar la función de la educación y sus vicios". Y la experiencia de la escuela - granja Francisco Madero le motivó muchas reflexiones. Anota que en el caso de ésta, hay que felicitarse de la miseria inicial, porque esto llevó a sacar a los alumnos de las inhóspitas salas, al exterior, al cielo mexicano siempre azul y a la tierra, donde el maestro se hace sencillo y espontáneo y siente "vergüenza de gastar diez horas enseñando análisis gramatical".

Critica Gabriela "al maestro sin sentido de la vida" que les robó a sus alumnos "la riqueza de la sangre en una sala de clase oscura, y que les mató la alegría de vivir al no ponerlos en contacto con la tierra - madre, de la cual emanan el vigor y todas las excelencias, más que de sus lecciones sin entusiasmo".

En junio de 1925, en La Serena, Gabriela escribe un artículo donde plantea los principios de lo que llama la Escuela Nueva. A partir de su experiencia mexicana, critica la situación de la educación en Chile. Señala, entre otras cosas, la necesidad de divulgar la cultura chilena: "Forma parte de la educación cívica el conocimiento de la literatura nacional, y esta verdad, que cae dentro de las de Perogrullo, la han olvidado los maestros". Se había hecho, en cambio, demasiado por los héroes militares "cuyo elogio el niño escucha desde los siete a los veinte años, en biografías sin espíritu, que acaban por empalagarlo", olvidándose en cambio a los escritores.

Critica luego la pomposa Biblioteca de Escritores Chilenos que se hizo con ocasión del Centenario: "Los lomos dorados sobre azul hacen buen efecto en las estanterías de los Ministerios y de algún consulado. No era eso lo que necesitábamos, pero nos gusta tanto a los mestizos lo suntuoso... Necesitamos repartir ediciones económicas de nuestros clásicos...".

Aunque afirmaba que pretender dar una cultura era vanidad, la poeta no desechaba la labor cultural de la escuela. Pero ésta debía ocuparse de abrir en los niños "el santo apetito de la cultura". Despertar la curiosidad del mundo. Pero lo que la escuela terminaba por hacer era entregar almas sin frescura, agobiar al niño con ideas antes que con sensaciones y sentimientos: "Le hace, en la gramática, el hastío de la lengua; en la geografía, le diseca la Tierra; en la ciencias naturales, clasifica antes de entregar la alegría de lo vivo; en historia, en vez de cultivar la crítica, forma los dogmas históricos".

                                 
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