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Los dos oficios de Gabriela (continuación)
 

La más pobre de las escuelas

En 1922 Gabriela escribe en México un artículo sobre la que llama "la más pobre de las escuelas". Al entrar en ella le llamó la atención que la llevaran a ese establecimiento en el sector más marginal y abandonado de la ciudad, cuando la costumbre es "mostrar a los visitantes los grandes colegios de parquets brillantes y de aulas decoradas". Pero todos esos pensamientos se esfumaron en cuanto ella llegó al primer patio: "Una multitud de niños, de pobrecitos, desarrapados, hacía las labores de huerto: regaban, removían la tierra, desmalezaban entre un rumor jubiloso de colmena de octubre". La poeta confiesa que una hora después, su estado de alma "era un respeto y un fervor religioso por lo que estaba viendo". Tenía allí mismo la escuela que había hecho Tagore en la India y que soñó el conde León Tolstoi en Rusia: "la racional escuela primaria agrícola, que debiera formar el ochenta por ciento de los colegios de nuestros países", su propio sueño desde hacía quince años.

El terreno donde se plantaron los huertos era parte de un parque completamente abandonado, "sitio de bacanales populares en los días festivos, de borracheras y riñas de la infeliz población aglomerada en torno". Se obtuvo la concesión del mismo y así "se fue poblando la tierra eriaza y fea de las pequeñas manchas verdes de hortalizas". Se organizó un pequeño Banco Cooperativo para comprar semillas.

La Escuela fue creciendo. Se le ofreció un terreno colindante de cinco hectáreas, y luego maquinaria agrícola, vacas, gusanos de seda y colmenas. Los niños comenzaron a editar un diario. Como no todos los alumnos querían ser agricultores, se agregaron cursos de sastrería, tipografía y mecanografía.

Gabriela Mistral maravillada ante esta experiencia, se preguntaba ¿qué diferenciaría a estos niños de los formados en las escuelas primarias convencionales? Luego conjeturaba: "No serán, por cierto, aspirantes a bachilleres, postulantes eternos a empleos que llenan pasillos de Ministerios, pidiendo con un montón de recomendaciones el puestecito fiscal más mezquinamente remunerado, con tal de ser miseria dorada, pobreza decente. Ni serán tampoco hombres unilaterales, sin la visión de unidad de la vida que caracteriza a los intelectuales; ni pesimistas que se han hinchado de odio y de desaliento por su pequeño fracaso, del cual no tienen la culpa sino sus manos torpes y su mente amodorrada. Serán eso que es para mí lo más grande en medio de las actividades humanas: los hombres de la tierra, sensatos, sobrios y serenos, por el contacto con aquella que es la perenne verdad. Harán una democracia menos convulsionada y menos discurseadora que la que nos ha nacido en la América latina...".

                                 
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