Vista general del balneario Las Cruces.
 
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Enero 2004

Viejos veranos devotos (continuación)
 

Los fundadores

En su crónica histórica de Las Cruces, Pedro Errázuriz da noticias de los primeros propietarios de la zona. En el balneario atendió personalmente su almacén hasta la fecha de su muerte, en 1974, Luis Cartagena Armijo. Su padre murió luchando en la guerra civil de 1891 y su abuelo, don Jerónimo, nacido en 1814, vivió cien años. Se cuenta que todos los días, muy de madrugada, salía a caballo a recorrer sus tierras y playas. Los Cartagena son descendientes de Luis de Cartagena, escribano que llegó con Pedro de Valdivia y que se avecindó en La Serena. Uno de sus bisnietos, el capitán Juan de Cartagena fue el dueño de una gran hacienda, ubicada entre el puerto de San Antonio y el balneario al que le dio su nombre.

Errázuriz habla también de doña Sixta Aguilera, perteneciente a las primeras familias de terratenientes de Las Cruces, quien terminó viviendo rodeada de animales, en una casita muy modesta.

Don José Toribio Medina escribía, en 1898 que quien caminara desde el "pueblito de Cartagena" hacia el norte, por la Playa Grande, encontraba una gran extensión cubierta de moluscos "que tapizan el suelo por completo y presentan el aspecto de una gran alfombra". De trecho en trecho aparecían montículos de conchas, en medio de las cuales había restos de una tosca alfarería, puntas de flechas, piedras dispuestas como para armar fogones y hasta huesos de grandes pájaros.

En su artículo "Los conchales de Las Cruces", Medina concluye que ésos eran los sitios donde vivieron los antiguos habitantes del lugar, que conocieron el uso del fuego, que cocían sus alimentos y vivían principalmente de la recolección de mariscos y la pesca.

Al llegar a lo que es hoy la Playa Chica, Medina encontró a los descendientes de esos hombres. Había allí "veinte o treinta míseros ranchos en que viven los habitantes de Las Cruces, algunos de los cuales y especialmente las mujeres de edad, todavía recuerdan, en sus facciones el tipo netamente indígena".

Medina agregaba que había ido a establecerse en el lugar un comerciante italiano, que les vendía aguardiente a crédito, de modo que este pueblo no demoraría mucho en desaparecer, consumido por la miseria. En los meses de verano, los hombres iban hasta Cartagena a trabajar como cargadores del equipaje de los turistas, para pagar el licor y las provisiones que necesitaban para el invierno.

Esos fueron los habitantes primitivos de los cuales tal vez no quede otro vestigio que las habilidades de los pescadores artesanales que todavía trabajan en la hermosa caleta del balneario.

 
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