Vista general del balneario Las Cruces.
 
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Enero 2004

Viejos veranos devotos
 

El veraneo siempre se asocia con diversión y relajo, con la liberación de los horarios, las disciplinas y hasta de la ropa, con la exposición del cuerpo en trajes de baños cada vez más escuetos y con la vida social. Por eso es extraño que en nuestro litoral central se haya formado un balneario en el que el sonido predominante fue el de las campanas, y donde se hacían procesiones a la Virgen de Lourdes, se rezaba el rosario todas las tardes y se celebraban hasta cuatro misas los domingos en la temporada veraniega.

Hasta su nombre es pío: Las Cruces. Al parecer viene de las cruces que se erigieron frente al mar, para recordar algún naufragio olvidado. Hasta ahora - aun cuando el balneario se ha secularizado - se siente la presencia de sus dos iglesias. En la costanera de la Playa Grande, junto a los escaños de piedra que es lo único que queda del ferrocarril que unía Las Cruces con Cartagena, se levanta la hermosa estatua de la virgen Stelamaris. Asimismo, uno de los paseos tradicionales es el sendero que serpentea entre acantilados y roqueríos hasta llegar a la gruta donde está la imagen de la Virgen de Lourdes. La gruta está llena de antiguas placas de agradecimiento por favores concedidos, ya casi borradas por la esperma de las velas.

El recuerdo de un ermitaño

La tradición piadosa del balneario se remonta a los inicios del siglo XIX, cuando un sacerdote agustino que vivía retirado del mundo, el padre Juan de Dios Rojas, se dedicó a evangelizar la zona, en ese tiempo formada por propiedades rurales. Realizó esta labor hasta su muerte, en 1842. Al cumplirse el centenario de ésta, en 1942, los fieles levantaron una nueva cruz en el lugar donde tenía su ermita. En ese mismo sector los agustinos construyeron en 1912 una gran casa para la orden. Ahora en esos predios se ha levantado un resort que pasó a ser la edificación dominante en el balneario.

Lejos del ruido mundanal

Tal vez este espíritu religioso fue favorecido por el aislamiento del balneario. En las primeras décadas del siglo XX el transporte hacia la costa era difícil. Así por ejemplo, los santiaguinos que iban a veranear a Algarrobo debían hacer un viaje en carreta que duraba cuatro días, cargando camas y petacas, y hasta las provisiones no perecibles para toda la temporada.

Los que viajaban a Las Cruces podían tomar el tren que llegaba hasta Melipilla y desde ahí seguir en carreta. Las cosas se facilitaron algo cuando la vía férrea se extendió hasta el Puerto Viejo de San Antonio, en 1911, y en 1922, hasta Cartagena, que con eso pasó a ser el balneario más concurrido por los santiaguinos. Los que querían un lugar más tranquilo podían recurrir a un servicio de carros tirados por caballos, que corrían por una vía de trocha angosta, que a menudo quedaba tapada por la arena de la Playa Grande. El "motor" de esta empresa era el dueño del fundo El Peral, algunas de cuyas casas todavía se conservan en lo que es hoy el balneario de San Sebastián. Más tarde el servicio se motorizó y los carros se convirtieron en pequeños automotores. Ese fue el ferrocarril Cartagena - Las Cruces.

 
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