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La chicha irlandesa
 

Por Miguel Laborde

Osorno iba a ser la ciudad más moderna de América Latina, cuando la refundaron. Se trajeron técnicos de Europa para que tuviera fábricas, y se estudiaron caminos que la comunicaran con Argentina para que así sus productos también se exportaran por el Atlántico. Hasta México irían los barcos cargados.


Postal de Osorno enviada en 1902

Lo que nadie adivinó es que los chilenos no soportarían levantarse todos los días a la misma hora, con sol o con lluvia, para estar encerrados en un galpón durante largas horas, haciendo siempre lo mismo como autómatas. Se empezaron a arrancar de Osorno. Los europeos, casi todos irlandeses, quedaron dueños del lugar. Pero ya no estaban solos; a varias chilenas les gustaron esos técnicos rubios, tan modernos e industriales.

Nadie adivinó, tampoco, que esos expertos se iban a chilenizar. Acostumbrados a una vida dura, al trabajo sin descanso, aquí descubrieron, en un bellísimo paisaje de anchos ríos, lagos, termas de aguas calientes, enormes bosques, volcanes nevados, que su vida podía ser diferente. Se comenzaron a relajar. Y los productos del alambique de alcohol, que nunca llegaron a México, comenzaron a ser consumidos, cada vez más, por los propios fabricantes. Un gusto que los irlandeses ya tenían como tradición.

¿Quién tuvo la culpa? El de la idea fue Ambrosio O'Higgins. Como no había interesados en irse al lluvioso sur, tan lejos de todo, más allá incluso de la Araucanía que era "tierra de indios", se llevó a la fuerza a los jóvenes vagos y ociosos de Santiago. No fue un buen comienzo. Si no trabajaban en la capital, donde las costumbres eran mucho más suaves, menos lo iban a hacer con horario fijo en un taller industrial.

También debió imaginar que los irlandeses, que sí tenían una formación industriosa, se iban a relajar al encontrar un ambiente más benigno. Y que se iban a deprimir tan lejos de su patria, aislados, en una aldea perdida en el sur de América.

     
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