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Por
Miguel Laborde
Osorno iba a ser la ciudad más moderna
de América Latina, cuando la refundaron.
Se trajeron técnicos de Europa para que
tuviera fábricas, y se estudiaron caminos
que la comunicaran con Argentina para que así
sus productos también se exportaran por
el Atlántico. Hasta México irían
los barcos cargados.
Lo que nadie adivinó
es que los chilenos no soportarían levantarse
todos los días a la misma hora, con sol
o con lluvia, para estar encerrados en un galpón
durante largas horas, haciendo siempre lo mismo
como autómatas. Se empezaron a arrancar
de Osorno. Los europeos, casi todos irlandeses,
quedaron dueños del lugar. Pero ya no estaban
solos; a varias chilenas les gustaron esos técnicos
rubios, tan modernos e industriales.
Nadie adivinó, tampoco, que esos expertos
se iban a chilenizar. Acostumbrados a una vida
dura, al trabajo sin descanso, aquí descubrieron,
en un bellísimo paisaje de anchos ríos,
lagos, termas de aguas calientes, enormes bosques,
volcanes nevados, que su vida podía ser
diferente. Se comenzaron a relajar. Y los productos
del alambique de alcohol, que nunca llegaron a
México, comenzaron a ser consumidos, cada
vez más, por los propios fabricantes. Un
gusto que los irlandeses ya tenían como
tradición.
¿Quién tuvo la culpa? El de la idea
fue Ambrosio O'Higgins. Como no había interesados
en irse al lluvioso sur, tan lejos de todo, más
allá incluso de la Araucanía que
era "tierra de indios", se llevó
a la fuerza a los jóvenes vagos y ociosos
de Santiago. No fue un buen comienzo. Si no trabajaban
en la capital, donde las costumbres eran mucho
más suaves, menos lo iban a hacer con horario
fijo en un taller industrial.
También debió imaginar que los irlandeses,
que sí tenían una formación
industriosa, se iban a relajar al encontrar un
ambiente más benigno. Y que se iban a deprimir
tan lejos de su patria, aislados, en una aldea
perdida en el sur de América.
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