Bar del Hotel Continental de Temuco.
 
Estación de Trenes de Temuco, hacia 1912.
 
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Mi abuelo, el hotelero
 

Por Miguel Laborde Duronea

Al abuelo Augusto Duronea, el materno, le tocó trabajar desde niño. Todo por culpa de su padre, mi bisabuelo que allá en el País Vasco Francés, entre Bayona y Biarritz, se dedicó al casino y la vida social en los grandes hoteles que atraían a la corte francesa y a ingleses y rusos, en esa época del siglo XIX cuando se pusieron de moda los viajes y los veraneos. La familia había vivido por generaciones, desde la Edad Media, de unas canteras de piedras inagotables. Y también las perdió el bisabuelo.

El abuelo Augusto ni se asomaba a los hoteles, no quería ver a su padre. A los 13 años, sin la edad reglamentaria que era de 15, por ser era alto y fuerte logró embarcarse en unos de esos balleneros que iban hasta Terranova y Canadá. Ahí se fue entusiasmando con los viajes, comenzó a descubrir América y terminó en Concepción; se había enamorado del sur chileno que se parecía mucho a su tierra natal pero con más oportunidades.

Con dos compatriotas abrió la Maletería y Talabartería "Dos Mundos" en el centro de esa ciudad, donde vendían esos gigantescos baúles de cuero grueso que usaban los viajeros en barco de esos años. El futuro les estaba sonriendo cuando justo entonces, 1914, estalló la Primera Guerra Mundial.

Los tres socios lo echaron en suerte; los dos ganadores se irían de vuelta a Francia, de combatientes. El que perdiera tendría que quedarse manteniendo la maletería. Pero el desafortunado no aceptó y los tres partieron; cosas del destino, éste fue el único de los tres que murió en la guerra.

Mi abuelo, en una licencia en Bayona, conoció a la que sería mi abuela. Con ella se vino en 1919, terminado el conflicto. Pero a Temuco, no a la ciudad que le recordaría al amigo muerto; a Temuco que era la Capital de la Frontera donde todo estaba por hacerse.

Lo perseguían los viajes, los hoteles, y decidió comprarse uno que estaba a una cuadra de la plaza de Temuco, en Antonio Varas 708: el Gran Hotel Continental. Fundado en 1890, todavía está ahí, lo que lo convierte en uno de los más antiguos de Chile.

En Temuco, como en Bayona, había franceses, rusos, ingleses, italianos, pero además mapuches que le daban un carácter más exótico. Como cuenta Neruda, se hablaban tantos idiomas -y además había analfabetos- que las tiendas en lugar de letreros tenían unos objetos gigantes que indicaban su giro: un martillo gigante, una olla enorme, un botín monumental.

Mi abuela pensó que estaba en el Salvaje Oeste de Estados Unidos. Hombres armados, colonos asaltados en pleno campo, indígenas de mirada hosca... Exigió dos cosas para quedarse; sólo estarían diez años, hasta 1930, y debían traer a su padre, mi bisabuelo Gregorio Ansuarena, a acompañarla.

     
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