Los métodos de enseñanza de la escuela
colonial eran principalmente memorísticos.
La letra entraba con sangre y a fuerza de repeticiones
corales. La disciplina era estricta y los castigos
no sólo eran corporales. También
se humillaba públicamente al colegial que
había cometido alguna falta u omisión,
con bonetes y motes ridículos. Los instrumentos
para el castigo eran la el chicote y el guante,
que eran látigos de distintas formas, para
azotar el torso desnudo o el trasero del castigado.
Los profesores -verdugos- disponían también
de la palmeta, una especie de raqueta para golpear
las manos.
Estos métodos y castigos tuvieron un largo
arraigo. Sobrevivieron por muchos años
en la era republicana, prolongándose incluso
hasta el siglo XX. Es así como el educador
Darío Salas, recién en 1917, al
reseñar los adelantos conseguidos en educación
primaria, señalaba: "hemos ido sustituyendo
los métodos verbalistas y mecánicos
por otros más racionales, más objetivos
y más en armonía con la naturaleza
del discípulo".
Otro método era el de los certámenes,
en los que se proponía un tema y luego
se dividía a los estudiantes en dos bandos,
apodados romanos y cartagineses, que se hacían
preguntas unos con otros. El que cometía
un error era castigado. El bando que sumaba más
aciertos era proclamado vencedor. Estas competencias
se convirtieron en un espectáculo público
cuando empezaron a realizarse los días
sábados en el atrio de la catedral, en
la Plaza de Armas o en las plazoletas parroquiales.
Los asistentes aplaudían a los sabios y
se burlaban y abucheaban a los ignorantes.