El matrimonio conformado por Pedro Subercaseaux y Elvira Lyon en 1908.
 
Detalle del óleo Descubrimiento de Chile por Almagro, realizado por Pedro Subercaseaux.
 
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Tres historias de amor en Chile
 
Por Darío Oses

Nos guste o no, todos somos hijos de alguna historia de amor. Más que de las guerras, la nación se origina en los asuntos y líos amorosos entre conquistadores e indígenas, luego entre inmigrantes y residentes, y así sucesivamente. En este ardiente mes de febrero, de las incontables y diversas historias de amor ocurridas en nuestro territorio evocamos tres, que por distintas razones son paradigmáticas.

Pedro Subercaseuax Errázuriz es uno de los pintores más conocidos del país. ¿Quién no ha visto alguna vez su Descubrimiento de Chile por Almagro, que adorna uno de los salones del antiguo Congreso? Desde niños encontramos sus pinturas ilustrando los textos escolares, y también los billetes. La solemnidad heroica y el rigor documental con que reconstruyó algunas escenas de nuestra historia, y sus pinturas de santos, contrastan con el sentido del humor que desplegó en la creación de personajes cómicos, como Von Pílsener, uno de los fundadores del comic en el país.

Pero además, fray Pedro Subercaseaux -aunque en rigor el vocativo que corresponde es Padre pedro o Dom-, es protagonista de una de las más hermosas historias de amor que se han vivido en Chile. Conoció la gloria como pintor. Recorrió Europa, para conocer las grandes pinacotecas y tomar lecciones con maestros en Italia, Alemania, Francia y España. En 1907 se casa con Elvira Lyon Otáegui. Hicieron una pareja feliz. Compartían los mismos gustos por la literatura, el arte, y una profunda inclinación mística.


Los dos amores

Como lo advierte Alone, fue esta identidad de vocaciones que los hizo unirse, la que más tarde los separaría. Virgilio Figueroa apunta que Subercaseaux, después de observar el mundo con una mirada amplia y cosmopolita, sintió "que era llamado y sometido a una invencible misión religiosa". Esta inclinación se hizo particularmente intensa al estallar la Primera Guerra Mundial. Entonces trabajaba en Italia investigando la vida de San Francisco, para ilustrarla. Mientras más lo estudiaba, más se maravillaba con la humildad y el fervor religioso del santo. Esta inspirada serie obtuvo el gran premio de pintura de la Exposición de Sevilla. Pero a esas alturas, a Subercaseaux ya no le interesaban los premios de este mundo. Con su esposa acordaron afrontar la máxima prueba de amor: viajaron a Roma a obtener del Papa la autorización para separarse e ingresar cada uno en un convento.

 
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