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Abril 2006
La voz de los '80
La década que debió rearmar la música popular chilena (continuación)

 

Ya viene la fuerza

Todas las grandes bandas de la historia crecen integradas al contexto social en el que les toca vivir -el ejemplo más claro es la explosión colorida y libertaria de rock durante los años 60 , pero en pocos casos esta conexión ha sido tan significativa como con Los Prisioneros, el trío de amigos de la comuna de San Miguel que pasó de un liceo capitalino a la fama continental; a través de un rock simple que miraba a Inglaterra, y unos versos incisivos e inteligentes que Jorge González, su cantante y bajista, redactaba mirando simplemente las calles de su barrio.

Los Prisioneros lograron elevarse incluso por sobre del debate político-partidista de la época. Fue recién en los meses previos al plebiscito de 1988 que sus integrantes se decidieron a una posición contingente concreta (por el NO, por supuesto), pero antes sus dardos habían apuntado más bien a la cruel diferenciación de clases que a ellos mismos los afectaba ("Por qué los ricos", "El baile de los que sobran") y a los modos gastados de la cantautoría contingente ("Nunca quedas mal con nadie") o la creación seudovanguardista y snob ("¿Por qué no se van?").

La banda debutó en 1983 y mantuvo hasta fines de la década la misma formación de trío: Jorge González, en bajo y voz; Claudio Narea, en guitarra; y Miguel Tapia, en batería. Los tres jóvenes se habían conocido como compañeros de curso en 1979, cuando ingresaron al primero medio del liceo número 6, Andrés Bello. Su formación musical fue completamente autodidacta, y su nivel de vida no logró mejorar demasiado ni cuando se habían convertido en estrellas continentales. El grupo publicó cuatro álbumes hasta el año 1990; y se ocupó luego en una historia de rencillas, reencuentros, reuniones y nuevas disoluciones que no se agota hasta hoy. Como todas las bandas históricas de rock, Los Prisioneros han sido una sociedad tumultuosa, pero pese a ello querida como pocas en la historia de Chile. Su concierto de reunión, en diciembre del año 2001, repletó dos veces el Estadio Nacional de Santiago sin que el grupo gastara ni un peso en publicitar el recital.

El musicólogo Juan Pablo González destaca que Los Prisioneros son el emblema de aquella rama creativa que es capaz de sostener su fortaleza precisamente en su precariedad (algo que tan bien nos ha enseñado la familia Parra, por ejemplo). Sin recursos, sin apoyo de los medios (raras veces el grupo consiguió invitaciones a la televisión), y desde una vereda de abierta provocación al sistema (no sólo dictatorial, sino también al orden conservador y capitalista), el trío se elevó como una voz creíble e imparable que hasta hoy puede considerarse vigente.

 
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