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Diciembre 2006

Retrospectiva de Antonio Quintana 1904 - 1972

El fotógrafo del pueblo (continuación)

 

Un niño andaba por tus ojos
Por Delia Domínguez
EL SIGLO; 7 de julio de 1972; Suplemento Cultural.



"En la noche mas larga del año, cuando el invierno entra en la tierra con calendario y todo y la gente dice: desde ahora el día se estira como pata de gallo y los Diarios dicen otro tanto y uno viene llegando del sur -no porque uno quiera venirse - si no por la urgencia de algunos trabajos que solo se hacen en la capital de Chile y de un rato para otro. Alguien corre la voz con suavidad con ese mismo tono del invierno como cuidando que no se quiebren las palabras; alguien corre que estabas muriendo en el hospital o que en ese mismo rato realmente ya no había nada que hacer y que la Enriqueta era heroica y grande en su tristeza y que en el local del partido irías a pasar la noche o a intentar tu sueño largo, que coincidió, -anda a saber porqué- con el día mas corto y cerrado de smog y niebla, de humaredas urbanas. Y yo me hacía la sorda, como si no quisiera oír cuando Joaquín Gutiérrez dijo, que venía de allá y que el Presidente Allende, emocionado, también había estado allá rindiendo el sentimiento a su viejo camarada: entonces fui comprendiendo que era verdad, que te había llegado la hora, que estarías indefenso, sin vuelta. Y oí clarito cuando la Ingrid con los ojos húmedos -no de su lluvia temucana- sino de nostalgia de ti, Antonio. Sacó voz y preguntó: ¿A qué hora van a ser los funerales, en qué puerta?

Así empecé a saber un poco de tu muerte, o más bien dicho, así supe de golpe. Y la noche se hizo mas larga, mas difícil para todos, como si la pena se fuera secreteando por las veredas resbalosas donde comenzó a caer un duelo lento, lleno de contenido, que en medio del recogimiento, era como una mano fresca de amor sobre la frente. Así empezamos de a poco a hablar de ti, recordando de a poco, como levantando tu nombre con respeto en las memorias, de Joaquín, de José Miguel varas, del Chino Ravest, que evocaban con ternura de antiguos hermanos tantas señales de tu vida, como aquella por ejemplo, que tu eras mas viejo que el PC de Chile, porque habías entrado a los catorce, por allá, cuando el Partido todavía no se llamaba como hoy; y con añadido a tus otros valores de hombre, a tu potencia creadora, a ese juego de madurez e infancia que había en tus movimientos, en tu mirada, en tus palabras, en tu mirada que buscaba pájaros y mensajes en el horizonte, como si realmente un niño inagotable habitara en tus ojos. Y tantas otras cosas, como ese Rostro de Chile, Antonio, donde fotografiaste para la eternidad: la vida y la muerte de la mano -acolleradas- con arrugas y todo.

Y en eso estábamos cuando alguien dijo: "¿Y como se lo diremos a Pablo, quien va a hablarle a Paris, quien hace una carta, quien junta las palabras?... Llamemos a Homero, que él vea manera, que él le busque el lado en su escritura, la forma en un poema: murió Antonio. Pero tal vez Pablo ya supo, o lo presiente, o él mismo pasó a decírselo aquella madrugada de su muerte. Yo no lo sé. Yo no lo juro, pero todo es posible en este mundo mágico del hombre.

Y de hombre quiero hablar un poco, del hombre que conocí en los límites de mi provincia osornina, hará unos quince años, cuando llegaste en un viejo automóvil, empolvado, con Enriqueta, con los Neruda, con Sergio y la Aída Inzunza, para buscar los rostros escondidos del sur y fijar imágenes auténticas en la cartulina -no de tus sueños- sino de una terrible realidad. Así recorrimos desde las laderas andinas, que allá son mas bajas, más buenas para el cristiano, más bonitas que las cercanas a Santiago, por ejemplo (con el perdón de los Santiaguinos): hasta los bosques cerrados y oceánicos de Bahía Mansa. Ahí empecé a darme cuenta de la dimensión de tu silencio, de tus ojos que veían donde otros no veíamos, de la intuición para encontrar la coyuntura justa donde el alma del campesino se hacía tierra y clima, realidad e historia. Todo era una lección de amor, una lección para escritores y músicos y poetas, porque en el fondo había que observar tus maneras, tu naturalidad para no violentar el momento o la expresión de aquello que ibas a encajonar en tu cámara con cielo y con infierno, única forma -tal vez- de sacar una obra de arte verdadera sin invenciones ni pretextos, única forma de "llegar" en toda la extensión de la palabra. Porque entonces aprendimos, gracias a ti, que no se trataba de disparar el clic a diestra y siniestra como afiebrados o en otro caso, de ponerse a cantar de pura cantora, o algo por el estilo; porque los Maestros como tú -Antonio Quintana- así lo exigen y lo enseñan.

Y ahora, claro, llegó tu noche larga con la mismita entrada del invierno; pero no la hora de los adioses, porque ese niño dulce que asomaba en tus ojos está vivo y crecido, iluminando por este mundo y sus alrededores el rostro de la patria, ese rostro que no morirá nunca porque no sólo está en el cartón tibio de tus fotografías, si no en la carne y la sangre del pueblo, de ese pueblo causante de tu arte inolvidable Antonio".

 
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