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Junio 2008
El testimonio de los minuteros
El retrato en la plaza

 

Dos coleccionistas de imágenes captadas por fotógrafos de cajón o minuteros, Octavio Cornejo y Julio Núñez, nos muestran parte de su extensa colección. Un vasto registro de la historia privada de quienes quisieron inmortalizar su paseo posando en el corazón del pueblo o la ciudad: la plaza.

Por Paula Fiamma


Revisa el álbum

Por esencia el trabajo de los minuteros o fotógrafos de cajón debe realizarse en espacios públicos para así poder captar a la clientela durante su paseo por la ciudad. Ubicados en diversas plazas a lo largo del país, estos verdaderos gestores del álbum familiar de miles de personas que no tenían acceso a una cámara fotográfica, alcanzaron a formar un grupo cercano a los 5 mil. Hoy se estima que son menos de 30 en todo el territorio los que trabajan a la manera antigua, sin cámaras polaroid.

Sus fotografías, reveladas en las peores condiciones que un fotógrafo profesional quisiera, fueron creadas a plena luz del día, en medio del tráfico y barullo de la plaza. Paradojalmente, eran este tráfico y luz, los elementos que debían estar presentes para que el retratista desarrollara su oficio con éxito.

En los años de auge de esta labor, las plazas eran un espacio de congregación, esparcimiento y encuentro de la ciudadanía, que acudía para llevar a cabo ritos, actos cívicos, paseos dominicales o citas amorosas en un escenario que se les presentaba idílico ante la sombra de los árboles; el frescor y belleza de una pileta; el engalanamiento de monumentos y esculturas; el descanso que ofrecían las bancas o el pasto cultivado en pequeñas superficies haciendo dibujos en el plano; los edificios públicos levantados en las calles adyacentes -entre los que generalmente se encontraba una iglesia- y los infaltables vendedores callejeros, que tentaban al transeúnte con flores, helados, dulces u otros embelecos típicos del lugar, como las sustancias de Chillán o los pastelitos de la Ligua.

Momentos íntimos y memorables vividos en estos atractivos lugares, en épocas menos convulsionadas que las actuales, quedaron inmortalizados en las imágenes captadas por los fotógrafos de cajón. Gran parte de este patrimonio visual es el que han rescatado en galpones, tiendas de antigüedades y ferias de las pulgas, los coleccionistas Octavio Cornejo y Julio Núñez, quienes nos han abierto las puertas para apreciar este valioso material, testimonio de cómo la comunidad se apropiaba y disfrutaba de los espacios públicos que ocupaban el corazón de los pueblos y ciudades chilenas.

 
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