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Septiembre 2002

Organilleros:

Música de nuestras calles

Desde mediados del siglo XIX se registra la presencia de organillos en Chile. Traidos fundamentalmente de Alemania, aunque también de Francia, estas cajas musicales servían a gente desposeída para ganarse la propina caritativa de transeuntes y caseras. Hoy los organilleros forman un gremio organizado, cuyo trabajo responde a criterios artísticos y técnicos y es concebido por ellos como un oficio digno, que forma parte del patrimonio cultural vivo y del folclor popular chileno. Su número ha crecido en los ùltimos años, de la mano de la restauración y de la fabricación de organillos hechos integramente en nuestro país. La valoración social, sin embargo, está lejos de otorgarles el sitial que les corresponde.

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Por allá por 1928 don Héctor Lizana ya andaba con su organillo por el barrio de Franklin y el Mercado Central. A este hombre, que hoy bordea los 85, y que baila con la gracia de un jovencito, se debe, nada menos, que la creaciòn del "chin-chìn" el instrumento consistente en un bombo con platillos que los bailarines, llamados "chinchineros", utilizan para acompañar la melodía del organillo con bailes que se asimilan a las danzas nortinas. Su hijo Manuel es actualmente el único fabricante y reparador de organillos que existe en Chile. Hasta su taller en la población La Bandera, van a parar todas las máquinas que requieren algún ajuste.

Gracias a un proyecto Fondart, desde hace 4 años Manuel ha podido abocarse a la reparación de 18 organillos originales existentes en el país. A través de la asociaciòn que lidera, y que reune a 26 organilleros, vela por el correcto sonido, la buena presentación, la autenticidad de los aparatos y el buen desempeño del oficio, labor que aparece imprescindible si se quiere conservar esta tradición, en circunstancias en que no es raro encontrar organillos que no son más que una radio-caset disfrazada, harto más barata que un verdadero organillo con sus melodías tradicionales almacenadas en un complejo sistema de tubos y engranajes, que requiere una adecuada mantención. Como una forma de certificar su genuinidad , los organilleros han ido paulatinamente formalizando otros aspectos como el vestuario, caracterizado por el pantalón oscuro con la chaqueta corta sin mangas sobre una camisa blanca o de colores vistosos.

Oriundos de la comuna de San Ramón, en Santiago, los Lizana constituyen una estirpe y una autoridad en lo que a organillo y chinchineros se refiere, por lo que son solicitados por los conocedores para fiestas, celebraciones y demostraciones relacionadas con el patrimonio cultural popular. En su grupo confluyen tres generaciones: don Héctor, que toca el chin-chín y baila, al igual que sus dos nietos, y su hijo Manuel, a cargo del organillo. Integrados desde niños en este arte, los jóvenes nietos se sienten orgullosos de un oficio que siempre les atrajo: "con esto uno conoce muchos lugares, mucha gente, se entretiene y además gana un poco de monedas", explica el abuelo. Su rutina diaria se centra en las calles del barrio alto de Santiago, "por allá arriba trabajamos en casas", dice don Héctor.

Es recién en 1920 cuando el organillero chileno, adquiere características propias y se diferencia de su precedente europeo. El loro de la suerte es uno de sus elementos distintivos. "Antes también existía el monito-acota Manuel Lizana- pero era muy problemático. De repente arañaba a los niños y los organilleros se iban presos". Por entonces, existìan cerca de 200 organillos, hoy son sòlo 29. En los años cuarenta, se incorpora el cancionero y los primeros juguetes artesanales, los cuales tradicionalmente son fabricados en las casas por las mujeres de la familia del organillero. El sexo femenino tiene escasa presencia a la cabeza de los organillos, un rol reservado tradicionalmente a los hombres; sólo existen 2 organilleras mujeres en todo el país.

"A mediados del siglo XX, este oficio se veía muy venido a menos, lo que se refleja en un artículo publicado por el escritor José Donoso en la revista Ercilla, titulado "Música destinada a morir". El oficio se percibía como algo decadente, terminal, en extinción, propio de mendigos. La adquisición de los organillos por parte de los organilleros, que se convierten en dueños y responsables de sus máquinas, y conocedores de ellas, determina un cambio muy importante, que favorece que a partir de la mitad de los ochenta la profesión se dignifique y los organilleros valoren, defiendan y perfeccionen sus oficio, como un medio de subsistencia y una forma de vida. Antes, el organillero era un arrendatario, que dependía de las condiciones impuestas por el dueño", señala el musicólogo Agustín Ruiz.

La labor que los organilleros han realizado para valorar, dignificar y proyectar su oficio, no se condice, sin embargo con la respuesta social: "hasta el día de hoy se sigue persiguiendo a los organilleros en las ciudades grandes y metiéndolos presos. Chile es un país que aún se niega a brindar un espacio público a las manifestaciones populares"- denuncia el musicólogo.


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