Organilleros:
Música de nuestras
calles
Desde mediados del siglo
XIX se registra la presencia de organillos en
Chile. Traidos fundamentalmente de Alemania, aunque
también de Francia, estas cajas musicales
servían a gente desposeída para
ganarse la propina caritativa de transeuntes y
caseras. Hoy los organilleros forman un gremio
organizado, cuyo trabajo responde a criterios
artísticos y técnicos y es concebido
por ellos como un oficio digno, que forma parte
del patrimonio cultural vivo y del folclor popular
chileno. Su número ha crecido en los ùltimos
años, de la mano de la restauración
y de la fabricación de organillos hechos
integramente en nuestro país. La valoración
social, sin embargo, está lejos de otorgarles
el sitial que les corresponde.
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Por allá por 1928 don
Héctor Lizana ya andaba con su organillo
por el barrio de Franklin y el Mercado Central.
A este hombre, que hoy bordea los 85, y que baila
con la gracia de un jovencito, se debe, nada menos,
que la creaciòn del "chin-chìn"
el instrumento consistente en un bombo con platillos
que los bailarines, llamados "chinchineros",
utilizan para acompañar la melodía
del organillo con bailes que se asimilan a las
danzas nortinas. Su hijo Manuel es actualmente
el único fabricante y reparador de organillos
que existe en Chile. Hasta su taller en la población
La Bandera, van a parar todas las máquinas
que requieren algún ajuste.
Gracias a un proyecto Fondart, desde hace 4 años
Manuel ha podido abocarse a la reparación
de 18 organillos originales existentes en el país.
A través de la asociaciòn que lidera,
y que reune a 26 organilleros, vela por el correcto
sonido, la buena presentación, la autenticidad
de los aparatos y el buen desempeño del
oficio, labor que aparece imprescindible si se
quiere conservar esta tradición, en circunstancias
en que no es raro encontrar organillos que no
son más que una radio-caset disfrazada,
harto más barata que un verdadero organillo
con sus melodías tradicionales almacenadas
en un complejo sistema de tubos y engranajes,
que requiere una adecuada mantención. Como
una forma de certificar su genuinidad , los organilleros
han ido paulatinamente formalizando otros aspectos
como el vestuario, caracterizado por el pantalón
oscuro con la chaqueta corta sin mangas sobre
una camisa blanca o de colores vistosos.
Oriundos de la comuna de San Ramón,
en Santiago, los Lizana constituyen una estirpe
y una autoridad en lo que a organillo y chinchineros
se refiere, por lo que son solicitados por los
conocedores para fiestas, celebraciones y demostraciones
relacionadas con el patrimonio cultural popular.
En su grupo confluyen tres generaciones: don Héctor,
que toca el chin-chín y baila, al igual
que sus dos nietos, y su hijo Manuel, a cargo
del organillo. Integrados desde niños en
este arte, los jóvenes nietos se sienten
orgullosos de un oficio que siempre les atrajo:
"con esto uno conoce muchos lugares, mucha
gente, se entretiene y además gana un poco
de monedas", explica el abuelo. Su rutina
diaria se centra en las calles del barrio alto
de Santiago, "por allá arriba trabajamos
en casas", dice don Héctor.
Es recién en
1920 cuando el organillero chileno, adquiere características
propias y se diferencia de su precedente europeo.
El loro de la suerte es uno de sus elementos distintivos.
"Antes también existía el monito-acota
Manuel Lizana- pero era muy problemático.
De repente arañaba a los niños y
los organilleros se iban presos". Por entonces,
existìan cerca de 200 organillos, hoy son
sòlo 29. En los años cuarenta, se
incorpora el cancionero y los primeros juguetes
artesanales, los cuales tradicionalmente son fabricados
en las casas por las mujeres de la familia del
organillero. El sexo femenino tiene escasa presencia
a la cabeza de los organillos, un rol reservado
tradicionalmente a los hombres; sólo existen
2 organilleras mujeres en todo el país.
"A mediados del
siglo XX, este oficio se veía muy venido
a menos, lo que se refleja en un artículo
publicado por el escritor José Donoso en
la revista Ercilla, titulado "Música
destinada a morir". El oficio se percibía
como algo decadente, terminal, en extinción,
propio de mendigos. La adquisición de los
organillos por parte de los organilleros, que
se convierten en dueños y responsables
de sus máquinas, y conocedores de ellas,
determina un cambio muy importante, que favorece
que a partir de la mitad de los ochenta la profesión
se dignifique y los organilleros valoren, defiendan
y perfeccionen sus oficio, como un medio de subsistencia
y una forma de vida. Antes, el organillero era
un arrendatario, que dependía de las condiciones
impuestas por el dueño", señala
el musicólogo Agustín Ruiz.
La labor que los organilleros han realizado para
valorar, dignificar y proyectar su oficio, no
se condice, sin embargo con la respuesta social:
"hasta el día de hoy se sigue persiguiendo
a los organilleros en las ciudades grandes y metiéndolos
presos. Chile es un país que aún
se niega a brindar un espacio público a
las manifestaciones populares"- denuncia
el musicólogo.
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